14 de abril de 2012

Patriarcado y democracia occidental

Por: Javier Medina

Objetividad

El monoteísmo abrahámico no sería pensable sin la postulación de la objetividad, es decir, que algo existe fuera del Observador y que ese objeto es estable, confiable y el mismo para todos los observadores. Ese objeto, primero entendido como el Totalmente Otro, obviamente, es Dios. Esta es la construcción intelectual que ha llevado a cabo la metafísica cristiana [1], sobre la base de una experiencia que privilegia la masa y minimiza la energía. Ahora bien, pari passu se establecía la realidad inescrutable de Dios (que existe, tanto si creo en él como si no), se establecía la realidad de la realidad, siguiendo el mismo patrón mental, pero de modo secular: el dominio de la física newtoniana. Esta comprensión es la que caracteriza a la civilización occidental hasta el surgimiento de la física cuántica, científicamente hablando; sociológica y políticamente, hasta ahora mismo. Es válida, pero parcial

Desde el punto de vista de la biología de la cognición, Maturana [2] llama a este tipo de Objetividad, “objetividad sin paréntesis”. En este punto de vista, se parte del supuesto que los objetos existen independientemente del observador y que son posibles de conocer. Se cree en la posibilidad de una validación externa de las propias declaraciones. Esta validación confiere, a lo que uno dice, autoridad y una validez incuestionable que exige sumisión. Lleva a la negación de todos aquellos que no concuerdan con las afirmaciones “objetivas”. La emoción básica que impera aquí entraña la sensación de poseer la verdad y la autoridad del conocimiento universal. Se vive en el dominio de ontologías trascendentales que son excluyentes: cada una de esas ontologías abarca supuestamente la realidad objetiva; el ser aparece como independiente de la propia persona y del propio hacer.

Veamos qué implica este punto de vista. La idea, en efecto, de la existencia de una realidad independiente del observador, corresponde a una postura según la cual, es legítimo formular proposiciones universalmente válidas y vinculantes. El universalismo abrahámico requería un desarrollo conceptual de esta naturaleza. Esta Denkform sirve para establecer una cultura basada en el poder oculto, el dominio mediado y el control burocrático y, por tanto, es útil para justificar también por qué otros deben someterse al propio régimen de verdad y, de paso, sirve también para desacreditar las opiniones que no coinciden con el propio punto de vista: la apologética fundamentalista. De aquí proviene el famoso extra ecclesiam nulla salus: fuera de la iglesia no hay salvación, que motivó, en el siglo XX, secularizado, que todos los países no occidentales fueran obligados a asumir la “forma estado nación” como su forma de gobierno; con los desastrosos resultados que conocemos: los famosos “estados fallidos”, todos provenientes de ámbito animista o predominantemente animista, como en nuestro caso; los “estados logrados”, en cambio, todos son monoteístas. Por algo será.

La invención de la objetividad así como, luego, de la escritura y el dinero son parte de las tecnologías más exitosas para detener el fluir de las energías y establecer las instituciones que las congelan y detienen. En Occidente, la iglesia y, luego, secularizada la sociedad, el estado son las formas prototípicas de esta expresión del genio occidental. No hay Estado sin objetividad, escritura y dinero.

Aplicación a nuestro caso: los amerindios, salvo los educados en el Colegio jesuita del Juan XXIII, Cochabamba, no son capaces de entender esta forma abstracta. Al mismo tiempo, la escuela fiscal, dominada por profesores indígenas, ni occidentalizan a sus alumnos y obligados, en las Escuelas Normales, a abominar de lo propio, tampoco les enseñan la lógica del ayllu, del ayni, del jaqi …: del fluir de las energías, con lo que nos encontramos, como sociedad, en la confusión total. Ni funciona el Estado, porque no funciona la escuela [3], ni funciona el Ayllu: porque se ha abandonado su sistema cognitivo. La ritualización del otro sirve en el ayllu, pero no en una maquinaria racional, dispuesta para producir bienes y servicios públicos a escala industrial. Si no nos aclaramos esto, pronto vamos a implosionar.

El Uno y los muchos

La relación de lo Uno y lo múltiple, que nuestra Constitución resuelve bajo la figura del Estado Plurinacional, es tratada paradigmáticamente por Platón al tratar de conciliar la teoría patriarcal del ser de Parménides con la matriarcal del devenir de Heráclito. Luego, Plotino resuelve la polaridad, para el largo plazo, en su sistema de la Unidad de todo lo existente en un principio que denomina Uno. Como principio y última realidad, esta absoluta trascendencia hace que no existan términos para referirlo. Se trata entonces de la Unidad de todas las cosas. Plotino lo concibe como algo infinito, contrariamente a Platón que lo hacía ilimitado y limitante. El Uno está más allá del ser y, por lo tanto, de las determinaciones físico-materiales, como el En Sof kabbalístico. No hay ninguna definición que describa positivamente al Uno; de allí que utilice metáforas o imágenes o simplemente, opte por la vía negativa, donde, por cierto, aflora lo matrístico, por influjo pitagórico, pero subordinado al Uno patriarcal. Ojo, pues: los dos ingredientes, otra vez, pero el que hace masa crítica, esta vez, es el Uno patriarcal.

Como ya se habrá percatado el lector, nosotros no seguimos este camino. Pero ello no significa que lo consideremos un error: es otra manera de poner los acentos y es esta lectura la que ha marcado la historia de Occidente, hasta ahora, y cuyos resultados ni Platón ni Plotino pudieron conocer, como sí nosotros que sufrimos los resultados de esa apuesta. Por ello la vamos a recapitular lo más respetuosamente posible, para que nuestro lector la entienda y, luego, pueda relativizarla. No nos ha hecho felices.

La realidad, nos dice Platón en el Parmenides [4], se nos muestra plural, efímera, múltiple, en un devenir constante de seres heterogéneos e, incluso, contrarios. ¿Cómo poder conocer esa realidad inestable y en continuo cambio? Ha de haber algo que permanezca siempre, que sea estable y que nos permita diferenciar a unos seres de otros para poder pensarlos y reconocerlos. Tiene que existir el valor en sí, absoluto, para que yo pueda referirlo a las distintas acciones que se realicen y que sean tales. Tiene que existir lo azul en sí, por así decir, para que se pueda reconocer como azul un objeto cualquiera. Estos conceptos absolutos: lo Azul, son denominados por Platón Ideas y éstas responden a la pregunta socrática por la esencia de de cada cosa, lo que hace que cada cosa sea lo que es. Platón las llama también Formas, ya que no sólo hacen que podamos conocer las cosas, sino que son las responsables de que esas mismas cosas existan materialmente, tal y como las conocemos. Las ideas son las causas directas de la existencia de todas las cosas existentes: lo material y lo moral.

Con ello Platón intenta conciliar lo absoluto: el ser patriarcal de Parménides, con lo múltiple: la realidad material-matriarcal: sensible, siempre cambiante de la realidad, según Heráclito. Esto producirá un dualismo entre dos realidades irreconciliables entre sí.

Para solucionar este problema Platón lo desgaja primero en tres aspectos distintos: a) la reminiscencia. El alma, antes de unirse a un cuerpo, habitaba el mundo de las ideas, dedicándose, a su contemplación. Una vez en el cuerpo, el alma olvida todo lo que conocía. Con ocasión del conocimiento sensible va recordando ese mundo eidético, reduciendo la multiplicidad de los objetos a la unidad de la idea. Por lo tanto, conocer es recordar: b) inmortalidad del alma. " Cebes, interrumpiendo a Sócrates le dijo (…)Si este principio es verdadero, es de toda necesidad que hayamos aprendido en otro tiempo las cosas de que nos acordamos en éste; y esto es imposible si nuestra alma no existe antes de aparecer bajo esta forma humana. Esta es una nueva prueba de que nuestra alma es inmortal; c) la dialéctica. La dialéctica platónica se puede entender en dos sentidos: como el auténtico conocimiento del filosofo, es decir, como aquel que se dedica a la intuición pura de las ideas y como el método de la filosofía: el camino para alcanzar el verdadero conocimiento.

En La Republica nos dice Platón que en el conocimiento es posible distinguir diversos grados que se correlacionan con distintos grados de realidad. Por una parte, tenemos el mundo de la doxa, opinión, que es el conocimiento sensible de las cosas corpóreas y sus sombras y reflejos. Abarca la creencia y la imaginación. Estos grados de conocimiento versan sobre la pura apariencia y, por lo tanto, no proporcionan un conocimiento verdadero ni fiable. Otro grado de conocimiento sería la episteme, es decir, el conocimiento científico de la realidad. Abarcaría la diainoia o razón discursiva del matemático y la nóesis o dialéctica propiamente dicha, que es el conocimiento puro de las ideas.

La imaginación, eikasia, es el conocimiento menos cierto, pues versa sobre copias (el mundo físico) de una copia o reflejo de lo real (las ideas). La creencia, pistis, es el grado de conocimiento que se corresponde ontológicamente con el mundo físico y abarca tanto los seres orgánicos e inorgánicos como los seres artificiales y creados por el hombre. La física no es una ciencia de lo real, sino de la apariencia de realidad y, como tal, no aporta verdades necesarias y absolutas. Platón no otorga el título de ciencia a la física, sino de opinión, doxa.

Lo real es lo invisible para los ojos carnales, pero visible para los del alma. Esta idea llegará hasta el Principito, de Saint-Exupèry.

Si queremos conocer algo con verdad, aletheia, debemos alejarnos lo más posible de la información obtenida a través de los órganos sensibles. Todo lo contrario a la Biología cognitiva contemporánea. Todo lo que de universal y necesario encontramos en las cosas no lo aprehendemos a través de nuestra experiencia sensible sino del ejercicio puro de la razón, nous. En esto consiste la episteme platónica: salvar las apariencias buscando principios absolutos y permanentes donde detenerse. Sin ciencia, basada en esencias, ideas, no sería posible establecer leyes y el mundo sería como un barco a la deriva en el Caos. La existencia de las ideas no sólo salvan nuestro conocimiento de la realidad frente a las apariencias, sino que salvan al mundo del Caos, otorgándole orden y racionalidad. Las cosas son como tienen que ser, esto es: como la idea determina y condiciona que sea. La imperfección no es de la idea, sino de la copia materializada que nosotros percibimos. Si nos tropezamos, la culpa es del empedrado.

Aplicado a nuestro caso. Antes, durante y después de la Asamblea Constituyente se debatió en Bolivia el mismo tema: el uno y los muchos. El Uno: el Estado, y los muchos: las naciones originarias: lo Plurinacional. Donde el Uno es lo sustantivo y los muchos es lo adjetivo. Los indígenas cayeron en la trampa de apostar por la forma Estado Plurinacional, sintiendo que los incluiría, modificando toda la configuración política de Bolivia, como un radical incluye un prefijo o un sufijo, en la lengua aymara. ¿Efecto de larga duración de las gramáticas aymaras hechas sobre molde grecolatino?

Por lo que a mi atañe, a los amigos del CONAMAQ, que me invitaron varias veces a conversar con ellos en Sucre, les advertí de ese peligro y que se arrepentirían por dejarse llevar por las emociones; que la diferencia del ayllu, respecto del Estado, es que éste funciona en base a la razón y la fuerza: es patriarcal, y no a la ch´uyma: matrístico. En Palacio se apaga la ch´uyma y nace el interés y los intereses se pesan en dólares. Es más, les dije que entendía su apuesta, pues, a diferencia de nosotros occidentales, que podemos conocer por teoría, ellos precisan conocer por experiencia. Tendrán, pues, que pasar por la decepción de que el Uno: el centralismo, paternalismo, autoritarismo del Estado les vaya, poco a poco, recortando escaños (la cantidad se impondrá sobre la calidad), recortando competencias, difuminando su sistema jurídico, imponiendo un solo sistema educativo, de salud … . Hemos llegado al TIPNIS, que coagula ese viejo quid pro quo civilizacional, entre Desarrollo/Progreso y Suma Qamaña, donde ya no pueden seguir cerrando más los ojos. Me asombra, sin embargo, que, políticamente, sigan aferrándose a la ilusión de un Estado Plurinacional, cuando su propia experiencia les está diciendo lo contrario.

Esta obstinación, es tanto más notable, cuanto que la Indianidad posee una fórmula política extraordinaria, buena para ellos y buena para nosotros, para ordenar el actual chenko constitucional: la forma Diarquía [5], que, en el holón nacional, refleja la paridad contradictoria del ayllu: la complementariedad de aran y urin.

El Principio monista: la Palabra de Unión

Hasta la llegada de la física cuántica no nos sobresaltaba leer la palabra monismo, pues la entendíamos desde el uno: mono en griego, solo, y desde el átomo: lo sin partes, lo no divisible: así, en filosofía, se calificaba de monismo a aquellas posturas que sostenían que el universo estaba constituido por una sola arjé o sustancia primaria; para unos: la materia, para otros: el espíritu. Leibnis, en la Monadologie les atribuye, por ejemplo, las siguientes propiedades: son eternas, indescomponibles, individuales, sujetas a sus propias leyes, no-interactivas y, cada una, es un reflejo de todo el universo en su armonía preestablecida. Ahora bien, el único monista interesante, aun ahora, es Baruj Spinoza que sostiene que sí, que hay una sola Sustancia, incognoscible empero, de la cual, sin embargo, conocemos dos atributos: la extensión y el pensamiento, ¿masa y energía?, es decir, mente y cuerpo son dos aspectos de una misma entidad, como dios y naturaleza son dos aspectos de lo Mismo: su deus sive natura. Yo me identifico con este insight. En efecto, ahora sabemos que un electrón, es onda y corpúsculo al mismo tiempo. Esto abre otra perspectiva al pensamiento.

Dominique Temple, biólogo de primeros estudios, da cuenta de ello con el concepto de Palabra de Unión; un concepto especialmente pertinente para nuestro caso. La Palabra de Unión focaliza la realidad en un centro. La unión, por así decir, es Él y ese Él es Todo [6]. Cabe pensar que el Todo tiene por contrario la Nada; pero, he aquí que ambos no tienen correlación; no es semejante a la oposición Alto / Bajo que se oponen por diferenciación respecto de una referencia común: la altura. No ocurre lo mismo con contrarios como Todo / Nada. El Todo no comparte su mismidad con la Nada. Por tanto, la Palabra de Unión focaliza lo contradictorio en el Uno. Lo contradictorio ab origine es forzado por el significante de la unidad a no formar sino una totalidad, aunque el seno de esta totalidad no deja de ser contradictorio. El Uno es, pues, complejo, ya que retiene en sí la relación primordial. El Todo es como una esfera que se ata a sí misma en el seno de la nada. Esto significa, parafraseando a Juan 1:14, que, en el principio, es la relación. He aquí, en pocas palabras, el cambio epistémico que tenemos que realizar: en el principio es el ayni.

Pero esta frontera es particular, sostiene Temple. De ser definida, reenviaría a una dualidad, una oposición, una exclusión. Si el Todo fuera luminoso, por ejemplo, y su frontera fuese precisa, más allá aparecería, inmediatamente, la sombra y encontraríamos el contraste significativo de la Palabra de Oposición. El pasaje del Todo a la Nada se da, entonces, como una graduación. Ya que no es posible oponerlos en el interior de la totalidad, las diferencias serían progresiones y regresiones continuas.

Temple, para ejemplificarlo socialmente (que es el punto de vista que nos interesa) cita el caso de las sociedades Sara del Chad, descritas por Robert Jaulin. El sostiene que el Sí mismo social puede ser lo que se define por la unidad del techo de la corte, del barrio, del pueblo, de la región. «“Ser” de lo “Mismo” se puede, tanto en razón de la residencia como de la producción o el consumo de alimentación, de la relación a la tierra, a los muertos, etc »

El Sí mismo, por tanto, es plural según el punto de vista que se siga; ni siquiera es necesario que el centro sea reconocido; puede ser difuso. El centro está en todas partes y nace o renace, cada vez, de forma indeterminada.

Así, pues, la referencia al Sí mismo, que Jaulin llama Nodo, es el centro de un Todo cuyos límites son fluctuantes. Nada permite asignarle un valor propio. El centro de referencia de la esfera es indefinible e incierto.

La Palabra de Unión, por tanto, reenvía, de forma simultánea, hacia todos los contrarios. Jaulin la llama reflexiva en el sentido de que el mismo movimiento parte de sí y vuelve a sí, retroalimentado por el aporte de todo lo que participa de la unión de la comunidad. La redistribución del Todo, en la comunidad, se traduce por la idea de compartir.

«El compartir es una relación reflexiva, no opera necesariamente en el estricto marco del individuo por sí mismo, sino, más bien, en aquel de otros distintos a él y que le son, en este aspecto, lo mismo, lo en Sí. Una comida se comparte consigo mismo y con los otros. El compartir funda una comunidad, genera un universo del que constituye la evidencia, la imposición. De ahí que la cultura sea reflexiva; es el lazo siempre inmediato, cualquiera sea su espesor, la duración de su existencia»

Jaulin llama Gente de Sí a los miembros de una comunidad en la que domina esta percepción de su identidad como totalidad, y llama Gente de Otro a los que, a causa de su percepción del otro, no participan de esta totalidad; de donde proviene una nueva definición de la alteridad.

Temple trae a colación otro ejemplo, esta vez europeo: el Principio Casa occitano, trabajado por Emmanuel Le Roy Ladurie, que sostiene que el domus o el ostal, en Occitania a fines de la Edad Media, es un “concepto unificador” de la vida social, familiar y cultural en el comienzo de la religión. Y cita un diálogo elocuente:

«¿Dónde vas ? me pregunta Guillermo.

Voy a la iglesia.

– Y bien, replica Guillermo: Ahí estás hecho un buen cura. Tanto valdría que ruegues a Dios en tu casa como en la Iglesia.

Le respondí que la iglesia es un lugar mucho más conveniente para orar a Dios que la casa. Entonces murmuró, dirigiéndose a mí:

No eres de la fe »

Casa contra casa. El hombre que volvía a las fuentes de la religión tenía la sensación de que la casa era, más que un abrigo, el lugar originario de la religión. En Montaillou, archipiélago de casas, se cuentan entonces once domus cátaras y cinco católicas. Le Roy Ladurie observa:

«Todos nuestros montañeses subrayan de corazón y con una energía convincente la fuerza místico religiosa del “domus”. Nuestros testigos podrían apropiarse la fórmula latina que yo formulé para esta circunstancia: “cujus domus, ejus religio” »

De la Palabra se pasa al principio organizador:

«Desde un punto de vista (…) etnográfico, el ostal de Ariège, así como la casa andorrana, representan más que la suma de individuos perecibles que componen la casa correspondiente. La casa pirenaica es una persona moral, indivisible en bienes y dueña de un cierto número de derechos: estos se expresan por la propiedad de una tierra, por los usos del bosque y los pastizales comunes de la montaña, “solanas” de la parroquia»

Le Roy Ladurie subraya otras funciones de unión del ostal: es la casa de los vivientes y de los muertos; está dirigida por un jefe que no es, necesariamente, el padre o la madre como es el caso en una organización dualista, sino la personalidad más fuerte. «La sumisión al jefe de la casa (…) puede convertirse en culto a la personalidad, hecho de admiración, de adoración»

El centro reúne todo; es el único lugar en el que todo converge, de donde todo proviene. Los habitantes del domus no vacilan en llamar Dios a ese Todo. Le Roy Ladurie cuenta cómo el montaillounense Bernard Clergue, al enterarse de la muerte de su hermano, jefe de la casa, se derrumba. «Ha muerto mi Dios. Ha muerto mi gobernador…»

En cuanto al principio organizador de la vida material y espiritual, que Temple llama principio monista, reestablece el equilibrio de lo contradictorio a partir del redoblamiento de la unión en sentido inverso. ¿Cómo se reestablece este equilibrio? El hermano de Bernard Clergue, jefe del ostal, primero es “adorado”: «!Mi Dios está muerto! », por tanto, movimiento centrípeto; pero es de él que todo vuelve: «!Mi gobernador!». Él es el centro de la redistribución: fuerza centrífuga. Equilibrio contradictorio entre dos movimientos: el que reúne y el que redistribuye.

El Uno, en efecto, puede ser convergente o divergente; puede atraer al otro hacia sí o puede distribuir a partir de sí. Y ya que hay dos movimientos propios del Uno, el principio monista consistirá en equilibrar esos dos movimientos, el movimiento convergente de la ofrenda hacia el centro, y el movimiento centrífugo de la redistribución a partir del centro. De la contradicción de esos dos movimientos renace el equilibrio entre fuerzas antagonistas.

El Principio Casa consiste, por tanto, en nombrar la unidad de la contradicción entre la diferencia: alianza, y la identidad: filiación o, aún, en resolver la contradicción donores-donatarios por un término que signifique la unidad de esta contradicción; y es que, efectivamente, se trata de la contradicción, ya que esta unidad es conflictiva. El Principio Casa es, pues, un principio de unión de fuerzas antagonistas; es la Palabra de la unidad de lo contradictorio. Hemos salido, tanto del simplismo: inclusión, como del maniqueísmo: exclusión, las dos plagas que han asolado a Occidente y, a fortiori, a Bolivia.

Aplicado a nuestro caso, esta nueva comprensión, más compleja, del principio monista, en el que se funda la forma Estado Nación, nos obligará a pensar, con mayor sofisticación, el script jurídico, es decir, minimizar constituciones, códigos, leyes, normas, reglamentos, ordenanzas…: la quintaesencia del modelo patriarcal: la Ley (de Moisés), a un archivo informático de órdenes para coordinar emociones y acciones de modo que el órgano público facilite las interacciones del sistema operativo con los usuarios. Este centro de operaciones comunicativas debe tener forma reticular [7]. Eso significa profundizar la descentralización, pero ya no de un modo mecánico y estólido, como en el actual diseño autonómico, que en vez de simplificar, multiplica la burocracia centralista por nueve burocracias patriarcales descentralizadas, sino holonómica [8] y biodinámicamente [9].

Eso significa que afirmamos la forma Estado Nación, para el nivel macro, y lo plurinacional, entendido como forma Ayllu, forma Tekoa…, para los niveles micro, al lado de la forma Municipio. En el nivel meso: nivel autonómico, habría que diseñar el Tercero Incluido de ambas polaridades administrativas. Esto es lo posible ahora.

Si la paridad Ayllu se cuatriparte en el nivel meso y, luego, se vuelve a desdoblar en el nivel macro, es algo que, ahora, está lejano y dependerá de que los amerindios quieran jugar su propio juego y no ser “burócratas con ch´akhi” (la expresión es de Simón Yampara) de un dizque Estado Plurinacional; en esta “chacra” [10], además de obligar a ejercitar la paciencia a los usuarios, van a perfeccionar la cleptocracia criolla; poco más.

De este modo, el Principio Casa, es decir, el Principio Estado Nación, es un principio de unión de las fuerzas antagonistas que nos constituyen [11] y ya no el principio de exclusión y adjetivación de lo amerindio, como sucede con la teoría y práctica de la actual Constitución y su régimen político.



[1] Cf. Emerich Coreth, Metaphysik. Eine methodisch-systematische Grundlegung. Innsbruck: Tyrolia Verlag, 1964.

[2] Sigo a Humberto Maturana y Bernhard Pörksen, Del ser al hacer. Los orígenes de la Biología del conocer. Santiago: J.C.Saénz editor, 2004

[3] Denise Arnold et alt. El rincón de las cabezas. Luchas textuales, educación y tierras en los Andes. La Paz: UMSA / ILCA, 2000. La ritualización del otro sirve en el ayllu, pero no en una maquinaria racional, dispuesta para producir bienes y servicios públicos a escala industrial.

[4] Obras completas de Platón. Edición de Medina y Navarro. Madrid, 1871, Tomo IV, págs. 161-273.

[5] Véase mi, Diarquía. Nuevo paradigma, diálogo de civilizaciones y Asamblea Constituyente. La Paz: Garza Azul Editores, 2006.

[6] Otros nombres, debidos al Principio de Unión, podrían ser: todo, centro, medio, cumbre, hermafrodita, lo ambiguo, duda, lo gris, eje, solsticio, esfera, corazón, boca, mezcla, neutro...

[7] Joël de Rosnay, The Macroscope. New York: Harper & Row, 1979.

[8] Ken Wilber, Breve historia de todas las cosas. Barcelona, Kairos, 2007.

[9] Véase mi Ecozoico y cambio climático. El contexto cosmológico para pensar nuestras políticas públicas. La Paz: Círculo Achocalla, 2012.

[10] Sobre la chacra como metáfora, véase: Julio Valladolid, Agricultura andina: la crianza de la heterogeneidad el la vida en la chacra. Lima: PRATEC, 1993.

[11] Véase mi Ch´ulla y Yanantin. Las dos matrices de civilización que constituyen a Bolivia. La Paz: Garza Azul Editores, 2008.