8 de julio de 2013

Pacahuaras,una nación menos en el “Estado Plurinacional”


Los Tiempos.- EXTINCIÓN  | CON LA MUERTE DE BOSE YACU, LA ÚLTIMA HEROÍNA DE AQUEL PUEBLO DESTERRADO DE SU BOSQUE ORIGINARIO, SE CONSUMÓ EL EXTERMINIO DE UNA CULTURA DESPROTEGIDA
En el artículo 5 de la Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia se establecen en orden alfabético, además del castellano, 36 idiomas oficiales correspondientes a cada una de las naciones indígenas originarias que, según este texto constitucional, conforman dicho Estado Plurinacional. En el detalle de aquellas 36 naciones originarias reconocidas por la Constitución boliviana, la número 24 corresponde a la nación Pacahuara, con su respectivo idioma.  Oficialmente, la nación Pacahuara es un pueblo originario representativo del departamento de Pando.
Pero cuan distante es la realidad constitutiva del país respecto a la letra constitucional. Abismal y patética distancia.
Comencemos afirmando que en el departamento de Pando no existen sino remotos vestigios de la nación Pacahuara. Los últimos integrantes de esta etnia que enfrentó una infructuosa resistencia contra su exterminio durante más de tres siglos, fueron “relocalizados” hacia el departamento del Beni en 1973. Desde entonces, de los Pacahuara en Pando sólo quedó el nombre en un río sobre cuya ribera se hallaba el territorio indígena hasta antes del exterminio, y en una famosa discoteca en Cobija, la capital pandina, que cerró sus puertas a fines de los años 80.
De los sobrevivientes pacahuaras que fueron desterrados a la comunidad de Puerto Tujuré en el Beni, ya no quedan más que cuatro  habitantes que todavía hablan su idioma original, aunque  en medio de un inexorable mestizaje con la etnia Chácoba, sin posibilidad alguna de que ese idioma se reproduzca en siguientes generaciones, pues ya no hay nuevas generaciones de pacahuaras originarios.
Por consiguiente, el llamado Estado Plurinacional de Bolivia peca de inconstitucional al afirmar la existencia de 36 lenguas y naciones originarias. Una de ellas definitivamente ya no existe como tal. Será preciso reformar el quinto artículo de la Constitución corrigiendo ese texto; pues al no existir ya la nación Pacahuara como tal, serían sólo 35 y no 36 los pueblos indígenas originarios que forman parte del Estado Plurinacional.
Según crónicas del siglo XVII, la nación Pacahuara ejercía una presencia determinante en los bosques selváticos del territorio boliviano, desarrollando una activa vecindad intercultural y multiétnica con los pueblos reducidos de Moxos y Cavinas durante la Colonia, habiendo indicios inobjetables de fluidos contactos pacahuaras precolombinos con los pueblos quechuas y aymaras del incario, pues otros misioneros franciscanos posteriores al cura Francisco Xavier Negrete (por ejemplo Martín Pueyo casi un siglo después, en 1847) constataron que los Pacahuara conocían el masticado de la coca.
“Hasta entonces irreductibles, estos indígenas disfrutaban todavía a fines del siglo 18 de una total independencia, y ocupaban un inmenso territorio que correspondía a prácticamente la mitad del norte de la actual Bolivia. Dos siglos más tarde, los últimos pacahuaras, o al menos los últimos amerindios así llamados,  no son más que un puñado de sobrevivientes”, escribió el investigador académico Philippe Erikson, de la Universidad de París X-Nanterre, Francia, en el prólogo del libro “La reducción imposible” publicado el año 2009 en Cochabamba por el Instituto de Misionología de la UCB.
Los últimos Pacahuara en destierro
En agosto del 2004 la periodista de El Deber Gisela López Rivas realizó un memorable reportaje sobre las etnias en vías de extinción dentro el territorio boliviano, trabajo que mereció un premio otorgado por instituciones conservacionistas. López Rivas constató que, en ese momento, de los 40 grupos étnicos existentes en el país, tres se hallaban ya en vías de desaparecer: los Arona en el norte amazónico paceño (con no más de un centenar de habitantes), los Guarawugwe  en la frontera de Santa Cruz con Brasil (31 personas) y lo que quedaba de los Pacahuara desterrados de Pando a Beni, entre los cuales la periodista contó apenas 11 habitantes, no obstante que el último censo indígena del año 2003 dio una estadística de 25 habitantes.
Entre los once pacahuaras refugiados en la comunidad chácoba de Puerto Tujuré (dentro el municipio beniano de Riberalta), la reportera descubrió a la última indígena Pacahuara que aún conservaba los rasgos físicos y culturales de su cultura intactos. “Bose Yacu es la última pacahuara que conserva rasgos de su cultura original. Ella es hija de la única familia que sobrevivió a la masacre ocasionada por siringueros, a orillas del Río Negro (Pando), a mediados del siglo pasado. En pacahuara, su lengua originaria, Bose sabe relatar la historia de su pueblo. Con ayuda de un traductor y perturbada por su timidez, recuerda que su familia fue trasladada del Río Negro (Pando) a Alto Ivon (Beni), donde habita otra etnia: chacoba. (…). Bose utiliza los dedos de las manos para contar que, cuando emigraron a Beni, eran nueve los miembros de su familia”, reportó Gisela López.
Bose era la única pacahuara que lucía el septo nasal propio de los indígenas guerreros o de pueblos en aislamiento voluntario (no contactados), consistente en  la nariz perforada por donde atraviesa una tacuara pequeña que lleva dentro una pluma roja de tucán. “Aún conserva el colorido collar de perlas de plástico que heredó de su progenitora y se sigue cortando el pelo tal como lo hacían sus antepasados (con cerquillo). Ella y su marido no tienen descendencia, habitan una rústica choza y crían a Shinu, una mona, además de cuatro perros visiblemente desnutridos y enfermos”, observó la reportera.
A mediados de la década de los setenta, durante la dictadura militar del general Banzer, la familia de Bose Yacu fue “relocalizada” de la provincia Federico Román de Pando hacia una reservación Chacoba situada en la provincia Vaca Diez del Beni, en medio de un genocidio perpetrado contra este pueblo pandino por parte de avasalladores bolivianos, brasileños y norteamericanos que terminaron apropiándose del territorio Pacahuara para la extracción intensiva de madera, oro y castaña, entre otras riquezas pródigas en ese paraíso de la biodiversidad pandina, en el extremo noreste de la provincia Federico Román.  Actualmente, en ese territorio “desindigenizado” existe una concesión maderera “saneada” por el Gobierno “plurinacional” que preside Evo Morales.
Retorno fallido a los bosques de Pando
En octubre del 2009, Bose Yacu volvió a aparecer en la escena pública junto con su esposo-primo-hermano Buca Yacu (los Pacahuara eran una etnia endogámica) intentando retornar su bosque originario de Pando, en el extremo noreste de la provincia Federico Román, en medio de un confuso juicio entablado contra autoridades del gobierno por la Central Indígena de Pueblos Originarios de la Amazonía de Pando (Cipoap).
Era manifiesta la pretensión de esta familia Pacahuara por retornar a su bosque originario de Pando, donde —a diferencia de su refugio en Puerto Tujuré (Beni) que restringe su movilidad a una simple parcela agraria— volverían a las prácticas nómadas de su cultura selvática originaria, en función a los ciclos lluviosos que determinaban sus rutinas de caza y pesca además de sus jornadas de recolección de castaña. Como una mayoría de los pueblos en aislamiento voluntario  de la Amazonia en Perú, Brasil y Bolivia, los Pacahuara fueron un pueblo esencialmente recolector.
El periódico amazónico Sol de Pando informó que el proceso judicial iniciado por la Cipoap para restituir a los Pacahuara su bosque originario en la provincia pandina terminó con un fallo favorable al Gobierno y la empresa maderera que se benefició con el saneamiento de una concesión forestal en el antiguo territorio Pacahuara.
“Es irremediable la extinción de los nómadas Pacahuara”, fue el titular en la portada de Sol de Pando publicado en marzo del 2011. El periódico amazónico reveló que la resolución del juez, dictada el 19 de octubre del 2009, rechazando la demanda de los Pacahuara para retornar a su territorio original del Río Negro, era insólita: “No se ha demostrado que las etnias que están asentadas en el territorio indicado, como son Tacana La Selva o Pacahuara, estén reconocidos por el Estado o que hayan nacido a la vida jurídica a través de una OTB o una Resolución Prefectural”. En otras palabras, los Pacahuara fueron declarados ilegales, pues resultaba imposible que este reducido grupo indígena pueda cumplir aquellos requisitos burocráticos para que su existencia les sea reconocida.
Sol de Pando confirmó asimismo que los Pacahuara se venían infringiendo una especie de “suicidio étnico”  al negarse sus principales líderes, como los esposos Bose y Buca Yacu, a procrear descendencia. “Sus mujeres, como Bosé Yacu, decidieron no reproducirse, para continuar vagando sin tierras ni derechos en los profundos bosques invadidos por la indolencia estatal y la avidez empresarial, hasta que el exterminio se consume”, anunció la crónica.
Poco antes de aquella publicación, la dirección del periódico amazónico propuso de manera directa a una autoridad del Gobierno responsable de velar por los derechos indígenas en la amazonia boliviana, aprovechar la buena predisposición de la empresa concesionaria Mabet — que aceptó “recortes” en su concesión original en favor de comunidades de campesinos migrantes con fines agrarios— dotar un similar espacio en beneficio de los propios pacahuaras que eran dueños originarios de aquel territorio ahora “saneado” como concesión forestal.
Efectivamente, la empresa Mabet, como varias otras concesionarias forestales en la franja fronteriza de Pando con Perú y Brasil,  fue obligada a ceder como un forzoso “recorte” aproximadamente 69.500 hectáreas, de las 293.975 inicialmente concesionadas, reduciéndose la concesión a una superficie de 224.504 hectáreas. Las áreas recortadas beneficiaron con títulos agrarios a ocho comunidades de campesinos colonos vinculados políticamente con el Gobierno.
Territorio versus abalorios
Los sobrevivientes Pacahuara de Alto Ivón —encabezados por Bose y Buca Yacu— intentaron acceder a un recorte en Mabet a fin de retornar, después de casi 40 años, a su territorio originario en Pando. Curiosamente el Gobierno, a pesar de la voluntad positiva de Mabet, no alentó ninguna posibilidad de salvar de la extinción etno-cultural a los Pacahuara desterrados en la reservación Chacoba del Beni, al considerarlos excesivamente minoritarios y con nula importancia electoral, con lo cual se consumó el inminente exterminio.
Lo más alarmante del caso es que la política gubernamental respecto a los derechos territoriales indígenas en la amazonia boliviana, en ningún momento aplicó el precepto constitucional de priorizar esos derechos ante todo, tal cual establece el artículo 31 de la Constitución Política del Estado Plurinacional, que estipula lo siguiente:
1.  Las naciones y pueblos indígena originarios en peligro de extinción, en situación de aislamiento voluntario y no contactados, serán protegidos y respetados en sus formas de vida individual y colectiva.
2. Las naciones indígenas en aislamiento y no contactados gozan del derecho a mantenerse en esa condición, a la delimitación y consolidación legal del territorio que ocupan y habitan.
La aplicación simple y llana de este precepto constitucional, en los términos que había propuesto la dirección de Sol de Pando al Ministerio de la Presidencia,  habría implicado el desarrollo de una política de protección a uno de los pueblos indígenas más vulnerables de Bolivia y en peligro inminente de extinción, con el establecimiento de un Santuario Pacahuara dentro un razonable recorte en la misma concesión Mabet,  lo cual habría posibilitado revertir eficazmente y muy a tiempo el etnocidio desatado durante la dictadura de Banzer.
El actual Gobierno boliviano tenía todas las condiciones favorables para revertir eficazmente el exterminio de la Pacahuara desatado durante el septenio de Banzer. El mencionado artículo 31 de la Constitución —adscrito a la Declaración Universal de los Derechos Indígenas de la ONU y el Convenio 169 de la OIT— permitía repoblar el ancestral territorio indígena en Pando y experimentar en ese laboratorio de la biodiversidad amazónica un modelo revolucionario de reconstitución cultural Pacahuara que abarcaría no solamente el rescate de un idioma casi extinto, sino ante todo su propia reproducción vegetativa en términos de fortalecer la identidad étnica encarnada heroicamente por Bose y Buca Yacu.
En Brasil y Perú, si bien no existe una Constitución indigenista tan avanzada como la de Bolivia, los pueblos amazónicos en aislamiento voluntario y los que se hallan en vías de extinción son protegidos por el Estado mediante parques nacionales y santuarios de biodiversidad que garantizan el repoblamiento de pueblos disminuidos en su lucha por sobrevivir. La etnia de pescadores Enawene Nawe originaria del Mato Grosso brasileño tenía una población de tan sólo 97 individuos en 1974, a consecuencia del avasallamiento empresarial, pero la delimitación de un área de intangibilidad para su protección permitió que ese pueblo amazónico incremente su población a 500 habitantes que continúan reproduciendo su cultura y su estilo de vida sin perder ninguna esperanza de continuar siendo una nación con territorio propio, autónoma e intangible respecto al Estado “civilizado”.
Lo que hizo el “Estado Plurinacional” de Bolivia respecto a la nación Pacahuara fue seguir la línea banzerista del exterminio. Se tendió un cerco prebendal sobre los pacahuaras de Puerto Tujuré, usando la imagen de estos indígenas en agonía como parte de las nuevas estrategias proselitistas del Gobierno “indigenista”, al estilo de un mero marketing electoral.
A Bose Yacu se la mostró recibiendo feliz lamparitas solares donadas por la cooperación alemana (GTZ), radio-transistores y otros regalitos y abalorios que mellaron su inocencia indígena. Y en pleno fragor del conflicto del Tipnis, en marzo del 2012 Buca Yacu fue llevado al Palacio Quemado junto con una delegación indígena cooptada por el régimen, y Buca  quedó impactado con semejante experiencia de sentarse en el mismo trono del gran hermano Evo. De ese modo Bose y Buca Yacu, diría el perverso operador de esta estrategia, tenían algo más que un añorado territorio para su esmirrada nación selvática: el majestuoso Estado bajó hacia ellos llevándoles su “poder y placer”, más que eso no se podía pedir.
Finalmente, Bose Yacu murió resignada a la extinción de su etnia bajo la lumbre lúgubre de la lamparita solar que le regaló el Estado Plurinacional.
El último canto de Bose
Durante los varios contactos que periodistas bolivianos sostuvieron con la familia Yacu, Bose y su esposo Buca aprovechaban para denunciar la forma en que sus padres fueron víctimas de una despiadada masacre a fines de los años sesenta y durante el septenio banzerista. Bose Yacu presenció el asesinato de su padre a manos de sicarios brasileños y paramilitares bolivianos. A raíz de las matanzas, evangelistas norteamericanos tomaron la iniciativa de “trasladar” a los sobrevivientes lejos de Pando.
Los antropólogos Diego Villar, Lorena Córdova e Isabelle Combés, señalan en su citado libro ”La reducción imposible: las expediciones del padre Negrete a los Pacaguaras” que en junio de 1969 el director del Instituto Lingüístico de Verano (ILV), había informado que “la tribu de los pacahuaras que vive en la zona del río Abuná (departamento de Pando) es perseguida por cazadores tanto brasileños como bolivianos”; y por tanto aquellos evangelizadores norteamericanos (que luego se demostró realizaban tareas “civilizatorias” como la esterilización de mujeres indígenas dentro un programa de control natal diseñado por la CIA desde las épocas de la dictadura barrientista), decidieron “relocalizar” a los Pacahuara hacia Puerto Tujuré, en la provincia Vaca Diez del Beni, en una reservación Chacoba establecida por los mismos evangelistas, vaciando de toda presencia indígena el rico territorio pacahuara en la provincia Federico Román de Pando, a fin de facilitar el asentamiento de capitales invertidos para la explotación intensiva de madera y otras riquezas naturales que abundan entre afluentes del río Orthon como son el río Negro y el río Pacahuara.
Buca Yacu relataba las circunstancias en que mataron al padre de su esposa y a todos los de su pueblo: “Mi padre murió aquí (en Puerto Tujuré, nr), nosotros llegamos pequeños a este lugar. A su padre de Bose lo mataron (en Pando, nr)”.  Bose narraba la historia de ese exterminio cantando en su idioma materno, el único que hablaba.
Aunque no está debidamente certificado y esclarecido el momento preciso en que los últimos pacahuaras fueron desterrados de Pando con “ayuda” de las ONG’s vinculadas al ILV y la CIA —evidencias fotográficas indican que fue en 1973–, se sabe que los misioneros evangélicos norteamericanos Guy East y Gilbert Prost fueron quienes inicialmente “redujeron” a los indígenas Chácobo (parientes lingüísticos de los Pacahuara) en una aldea de Puerto Tujuré que se irá poblando, entre 1955 y 1980, con varias parcialidades indígenas dispersas. “Pronto se suma un poco más al norte un pequeño grupo de pacahuaras —un hombre casado con sus dos hermanas y sus respectivos hijos— al borde de la extinción, debido a las epidemias y los conflictos con los caucheros, que son contactados en la margen izquierda del río Negro”, informan Villar, Córdoba y Combès. Aquellos pacahuaras “contactados” por East y Prost eran, evidentemente, el padre de Buca Yacu y sus dos esposas, una de ellas madre de Bose. Una de las hermanas casada con Papa Yacu es la madre de Buca y la otra hermana de esa relación polígama es la madre de Bosé que al enviudar se casó con el cuñado. El padre de Bose, hermano de Papa Yacu, murió asesinado en los bosques de Pando. El resto de los pacahuaras sobrevivientes de la masacre se irán sumando a las aldeas chacobas en los años siguientes, hasta mediados de los setenta; algunas parcialidades huirán al Brasil y otras permanecerán nómadas hasta desaparecer, dejando su territorio en la provincia pandina a merced de los inversionistas privados favorecidos por tan frontal exterminio.  Este proceso, indudablemente, se ejecuta de manera definitiva durante la dictadura del general Banzer, cuando comienzan a aparecer las primeras barracas castañeras y concesiones forestales libres de la incómoda presencia indígena en el ancestral territorio Pacahuara.
Los norteamericanos, y luego los misioneros suecos, llegaron a crear tres reducciones agrarias cerca a Riberalta donde juntaron a los Chacobos del Beni y Pacahuaras de Pando (emparentados por la lengua de raíz común Pano): Puerto Tujuré, el principal refugio destinado a las familias pacahuaras, además de Alto Ivón y Cachuelita.
En la comuna de Puerto Tujuré constituida por cuatro rústicas cabañas, informa el periodista Remberto Terrazas, vivían Bose y Buca Yacu con la hermana de ambos, Shaco Pistia, conocida como Guadalupe, quien tiene un hijo llamado Raúl Chávez que se casó con una chacoba llamada Muha, iniciando una zaga de mestizaje inminente.
A cinco kilómetros de distancia, en la comunidad chácoba de Alto Ivon, junto a sus hijos viven las otras hermanas de Bosé y Buca: Baji y Busi Pistia; mientras que a 32 kilómetros de Puerto Tujuré, en Cachuelita, se estableció Maro junto a sus tres hijos y dos nietos.
“Los pacahuaras suman 22 personas” —explicita Terrazas Pareja—: “seis son los pacahuaras originarios, Busi y Buca no tuvieron descendencia, Busi Pistia, Shaco Pistia (Guadalupe), Baji y Maro con parejas del pueblo Chácobo tuvieron 10 hijos los que le dieron seis nietos”.
Bose Yacu murió en diciembre del pasado año. Le sobreviven, aparte de su esposo-hermano Buca, sus tres hermanas; pero ninguno de los que quedan cantan como cantaba Bose, la guerrera solitaria del septo nasal.