4 de agosto de 2013

La retórica de la profundidad como quimera seductora


Por: Freddy Zárate*


A principios del siglo XXI se ha establecido un notable culto literario en favor del poeta Jaime Saenz (1921-1986). La continua reedición de sus libros y su aprecio por la capa intelectual del país es un misterio para los jóvenes de mi generación, que apenas llegamos a los treinta años de edad. Compramos sus obras por sugerencia expresa de nuestros profesores. Rara vez terminamos voluntariamente y con gusto un texto de este maestro del misterio. Por ello creo que Jaime Saenz es la lectura predilecta de catedráticos, periodistas e intelectuales que ejercen el oficio de sacerdotes de un saber esotérico. Ellos son los principales (¿o los únicos?) lectores de este autor, por una razón poderosa y sencilla a la vez. La prosa saenciana, difícil de comprender sin la ayuda manipuladora de estos clérigos, se presta, como todo texto religioso y mítico, a las interpretaciones más diversas. O dicho claramente: estos profesores ven en las oscuridades saencianas una especie de representaciones de sus fobias y sus esperanzas, que ahora deben ser adoptadas por nosotros, las generaciones jóvenes que no sabemos ya defendernos de las insinuaciones que nos llegan autoritariamente de arriba. Por ello creo que Jaime Saenz es considerado por sus seguidores como el autor más importante del siglo XX en Bolivia. 

A decir de su discípula directa Blanca Wiethüchter (1947-2004), la obra de Saenz abarca varias dimensiones: “Desde un principio se origina en la búsqueda de nuevas orillas, y en respuesta a las grandes interrogantes, grandes dudas, grandes angustias y, del propósito de dar el salto irreversible y definitivo que lo llevará en procura de la gracia […]. Saenz quiere elevarse más allá de sí mismo y alcanza el ser: identidad y totalidad ontológica”. Este fragmento de Wiethüchter es ilustrativo y representativo por dos razones: (1) Expresa un lugar común (“la búsqueda de nuevas orillas”) a todo artista, escritor y pensador y, por lo tanto, no sirve para explicitar la especificidad de Jaime Saenz y sus rasgos distintivos. (2) Dice que Saenz quiere alcanzar “identidad y totalidad ontológica”. Esta es una típica expresión altisonante, que siempre cae bien y no dice nada concreto. Todos queremos alcanzar identidad y elevarnos más allá de lo cotidiano. Esta frase no nos explica nada sobre el poeta, pero Wiethüchter otorga a Saenz el aura de una gran sabiduría filosófica, precisamente porque se pierde en la nebulosidad de la moda.

 El fuerte de Jaime Saenz es tratar de mostrar su percepción subjetiva de las cosas y personas. La ascensión, la otredad, la escisión, la muerte, la imagen, el descendimiento, el misterio, la oscuridad, la interioridad, el espíritu, el tiempo y el espacio son ampliamente mitificados por el poeta. Para percibir esas “verdades ocultas” uno tiene que penetrar allí donde se esconde el misterio del ser, para iluminar ese misterio en la oscuridad. El problema de los escritos de Saenz es que nuestro autor transita entre la “profundidad”, la incomprensión y la banalidad literaria. La obra del poeta está envuelta en misterios, secretos y enigmas que sólo él los percibe. Pero ese misterio de la incomprensión –de los otros– está fuertemente amplificado por los seguidores de Saenz. La literatura de Saenz es “profunda” porque no se puede entender, comprender y explicar. Ese es el genuino baluarte del autor de Felipe Delgado.

Un ejemplo de esa profundidad superficial está en su obra Imágenes paceñas. Lugares y personas de la ciudad (1979). Este libro trata de mostrar que la ciudad de La Paz tiene una doble fisionomía paralela. Mientras una se exterioriza a los sentidos “normales” y estos no ven nada especial, la otra se esconde permanentemente a los ojos de los habitantes corrientes. Saenz dirige su atención a lo segundo, a lo “oculto”, a lo “misterioso” y al “espíritu que mora en lo profundo”, que él afirma que se manifiesta en cada calle y en ciertos moradores de La Paz. El poeta asevera que hay un enorme enigma en la urbe paceña que está velado a nuestro entendimiento. Los “comunes” –como yo– no ven nada de especial, ni profundo, ni misterioso en un callejón, en un simple muro de adobe, en una puerta ignorada del zaguán, en una piedra lisa que reposa en alguna plazuela. Para Jaime Saenz en estos lugares cotidianos se puede encontrar el genuino espíritu de la paceñidad. Imágenes paceñas tiene una parte dedicada a esos lugares “profundos” de la ciudad de La Paz como la plaza Churubamba, la Garita de Lima, el Cementerio General, Villa Victoria, las calles Max Paredes, Illampu, Sagárnaga y la avenida Buenos Aires. La segunda parte hace mención a personajes como la chiflera (vendedora de productos “mágicos” para rituales andinos), el afilador de cuchillos, el joyero, el lustrabotas, el adivinador, el ojalatero, el loco, el zapatero y el aparapita (denominativo popular para los cargadores de los mercados paceños). 
Este misticismo subjetivo que caprichosamente Saenz adjudica a lugares y personajes de La Paz son meros trozos devenidos en símbolos. En el fondo el poeta y sus imágenes no nos dicen nada concreto ni relevante. A mi parecer lo más interesante y notable de Imágenes paceñas son justamente las imágenes fotográficas tomadas por Javier Molina B., que ilustran el texto. Las representaciones pictóricas nos reflejan los cambios significativos que sufrió la sede de gobierno en escasos treinta y cuatros años. 

Pero la búsqueda de lo profundo tiene mucho que ver con que los hombres no son naturalmente racionalistas. Por el contrario somos originalmente románticos, poéticos y mágicos y tendemos a atribuir a la realidad particularidades misteriosas, fantásticas, no sólo a lo visible sino también a lo invisible, que resulta animado y vivificado por Saenz. Con respecto a las cosas míticas y profundas, el filósofo Francis Bacon (1561-1626) indicaba que no eran producto de circunstancias deficitarias del hombre. Hay que ver en ellas la manifestación de una predisposición permanente del entendimiento humano. Nos sentimos atraídos por lo oculto de las cosas, así no exista esa profundidad. Pero lo valioso es aquello que se cree y percibe como tal. Por eso la popularidad de Jaime Saenz es extraordinaria, no solamente en círculos literarios de La Paz, sino que trasciende a países como Chile e Italia donde hay un culto creciente en torno a la obra de Saenz.

El problema que salta a la vista es que los seguidores de Jaime Saenz perciben la subjetividad del poeta como la última palabra. Sus partidarios no ponen en cuestionamiento la obra del profeta, ni forjan un espíritu crítico que cuestione esas “verdades” no entendidas. Prevalece en ellos el hechizo mítico-mágico, el misterio, el enigma, la incomprensión (pero profunda) de la obra literaria de Saenz. Esto es algo ideal para aquellas almas religiosas que forjan esa búsqueda espiritual en el recóndito de sus nebulosas imágenes, pero que no saben exactamente lo que buscan. El propio poeta en un destello de claridad señaló: “Un alarido profundo tiene que ser siempre el alarido de la humanidad”.

*Abogado.