4 de octubre de 2013

La jailona

Por: María Galindo

Como su apodo indica, la jailona es una mujer que se coloca de antemano "hi”; o sea, arriba de los demás y las demás mortales que la rodean. Y lo hace con cada uno de los detalles de la vida: a la hora de comer hay que pasarle un plato especial sin arroz,  papa,  cebolla, chuño,  picante, ni salsa. La jailona siempre encuentra el modo de exigir ese trato especial, consigue todo el tiempo colocarte en un papel de atenderla, de servirla, de convertirte en su súbdita. 

Su mundo está lleno de conocimientos inservibles como, por ejemplo, saber de marcas de ropa y de perfume; saber la vida y milagros de los y las artistas de moda; saber el color que está de moda este verano en Miami, cuando en La Paz estamos cerca a los cero grados y al borde del enfriamiento de nuestras ideas. La jailona es una desubicada y todas sus prácticas cotidianas -como leer Vanidades, Cosas, Cosmopolitan y demás- sólo le sirven para desubicarse más todavía.

Para ella, todo lo que la rodea en un país como Bolivia es feo y de mal gusto; todo huele mal y no tiene calidad; todo es torpe y la agrede por eso vive quejándose en un medio castellano que combina con el inglés  y entonces siempre está bad o sad. Sueña con Miami, con los príncipes de Asturias o de Gales y le  encanta la esposa del Vicepresidente, porque le parece linda, inteligente y elegante;  la boda del Álvaro es lo que más le ha conmovido en el país, hasta fue a Tiwanaku con sombrero de ala ancha y vestido de seda, y sacó el pañuelo para secarse las lágrimas cuando vio a la pareja salir por la Puerta del Sol.

La jailona estudia en la Católica y aunque el nivel de esa universidad es tan  bajo, ella  siente que le exigen demasiado, que es una universidad muy estricta y que no la dejan disfrutar de la vida. Tiene ganas de pedirle a su papá que la cambie a los EEUU porque, para ella, la Católica se está llenando de cholitos con plata que vienen desde El Alto y que no tienen apellido ni van al club de tenis. Su deporte favorito es el tenis y en esa disciplina es toda una campeona; se compra sus uniformes de las mejores marcas y es capaz de pagar hasta 5.000 dólares por un short y una polera.

La jailona no sabe qué es un producto tan boliviano como la llajua, ella pudo crecer jugando en un club privado y sin mezclarse con nadie desde la guardería, gracias a las empresas de su padre y pudo ir a un colegio privado y no mezclarse con nadie por el mismo motivo. Tuvo chofer, jardinero, niñera y trabajadora del hogar que hicieran todo por ella.  Si hubiera crecido en Miami -como tanto le hubiese gustado- hubiera tenido que saber que la piel blanca no es signo de belleza ni de estatus social.

Si intentas hablar de racismo con ella se siente agredida, si intentas hablar de clasismo le da dolor de cabeza y si intentas hacerle entender lo que está pasando en el país se pone a llorar en tu hombro sin consuelo. Las feministas le parecen mujeres anormales, locas y sin sentido, porque los hombres son tan tiernos, tan necesarios, tan bellos y su papá es el mejor del mundo. Intentar razonar con una jailona es un castigo. 

Su gobernante preferido es  Álvaro y cree que es un hombre superinteligente y hasta sexy. Le encanta que se organice el Dakar en Bolivia y tiene pensado asistir, sin duda, con un traje que comprará en el próximo Miami Fusión Week.
Si la ves por ahí paseando en la Católica, déjala pasar como si fuera invisible; con eso ya le has hecho un favor porque le has provocado todo un trauma al no mirarla de pies a cabeza.

María Galindo es miembro de

 Mujeres Creando.