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9 de abril de 2010

La corrupción debilita las instituciones

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No por apego a días conmemorativos colmatando el calendario a manera del santoral de antes, que por lo menos servía para dar mote a recién nacidos (a mí me hubiese tocado Hipólito: algo como ir de la sartén a las brasas con el nombre que tengo), pero el 9 de diciembre se festeja el Día Internacional contra la Corrupción. El año pasado el Secretario General de la o­nU lo conmemoró con una exhortación a nunca ofrecer ni aceptar sobornos: si se practicase, el mundo sería más honrado y aumentarían las oportunidades de lograr los Objetivos de Desarrollo del Milenio, sentenció Ban Ki-moon.

¡Qué saludo a la bandera!, pensé. Mi escepticismo no tenía que ver con la tristeza que me invadía con Addio del passato, aria cantada por María Callas. Cavilé que quizá la corrupción es como el hartazgo de los famélicos: una vez saciado el hambre dedican el ocio a otros menesteres, como sacarse los piojos o zurcir los harapos. Entonces me acordé del vomitorium, o algo parecido, ambiente que los ricachos romanos tenían al lado de sus salones orgiásticos, para provocar el vómito de lo comido y proseguir la degustación golosa de manjares.

En el relevo de rateros que pareciera el devenir político del país, los nuevos ricos de la corrupción, tan despreciables como los de ayer, saciada la codicia de la riqueza material en los años iniciales de ejercicio del poder, ¿se dedicarán a gobernar con el bien público como norte, o será que la angurria aumenta mientras más riqueza se posee? Peor aún, ¿será que los gobiernos cambian, pero se perpetúa la claque de gestores de la corrupción, cual siniestra nomenklatura?
Crucial diferencia entre naciones progresistas y fallidas es la inmunización a la plaga del manoseo político de instituciones. Sepárense las que son instituciones del Estado, cuya vigencia trasciende a los mandamases de turno en un aparato gubernamental que es un poco su botín de guerra, por eso de escoger a sus colaboradores premiando a sus adláteres.

Imaginen qué bien marcharía el aparato estatal si valiesen los concursos de mérito, en vez de tanto empleado nombrado en base a la “recomendación” de algún capo político. De entrada, la nueva YPFB tendría más técnicos de campo buscando hidrocarburos, en vez de la carga de supernumerarios eructando el fricasé de la mañana en la atestada oficina central de la sede de gobierno.

Fantaseen sobre la eficiencia desprovista de ansiedad de sus funcionarios, si la Contraloría, el Servicio de Impuestos, el Banco Central, la Corte Nacional Electoral, el Consejo de la Judicatura, el Tribunal Constitucional, las cortes y juzgados jurisdiccionales, etc. –o como cuernos se llamen en ese ensayo de costosos cambios de forma de la Constitución en vigencia- no tuvieran que hacer genuflexiones a los caprichos del mandamás de turno, o a sus lugartenientes. Calculen cuántas escuelas y hospitales se podrían construir con el ahorro de las coimas que se dividen gestores de la corrupción, inquilinos del Palacio Quemado y empresas adjudicatarias de contratos del gobierno.

Fueron reflexiones provocadas por escritos de José María Bakovic, sobre su experiencia como primero, y único, presidente institucionalizado del Servicio Nacional de Caminos (SNC). Periplo claroscuro de este ciudadano ejemplar. Empezó con la luminosidad de la esperanza en la institucionalización del SNC, medida recomendada por los gobiernos cooperantes y los organismos internacionales de financiamiento, dirigida a cambiar esa institución del Estado de un estatus de botín de partidos o coaliciones gobernantes, hacia un proceso de despolitización y capacitación de un ente técnico, eficiente e inmune a la corrupción. Recién jubilado del Banco Mundial, fue seleccionado de una terna, por el 90% de congresales del Poder Legislativo. El mérito –no la “muñeca” o el padrinazgo político- fue el criterio de la elección de Bakovic.

Luego empezó la penumbra de batallas en contra de los intereses creados por la mamadera de las adjudicaciones de contratos. Aún antes del año 2005, algunos personajes del entorno gobiernista actual se destacaron en el sabotaje de su gestión –alguno está en chirola por corrupto; otros han aceptado el exilio en cargos subalternos detrás de bambalinas.

Pero desde que asumió el “gobierno del cambio” se desarmó la armazón de la institucionalización del SNC, para volver a prácticas dudosas de siempre: adjudicaciones sin licitación o amañadas; infidencia de confidenciales precios de referencia; sobrevaluadas obras, sin tomar en cuenta estimativos de técnicos nacionales; rescisiones y/o resoluciones arbitrarias resultantes en daño al Estado; selección de proyectos no por prioridad nacional, sino por presión regional o política.

Finalmente devinieron las tinieblas del acoso judicial como arma del terrorismo de Estado. Bakovic ha sido una víctima inicial del modelo gobiernista de persecución política a través de fiscales serviles y jueces amedrentados, ese que hoy distrae de resultados adversos en las elecciones de abril atropellando derechos fundamentales. El SNC Residual creado por un año, que ya cumplió tres por eso de que la burocracia tiende a perpetuarse, le tiene acosado con una decena de procesos. Curioso, unos iniciados por colaboradores en su gestión. Sugestivo, emiten citaciones o le meten en chirola cuando ocultan anomalías en los contratos camineros.

No hay mal que por bien no venga. Cada vez que le encierran en una celda, provocan la denuncia de peculados en contra de los intereses del Estado. Quizá el gobierno dará marcha atrás, como en la abrogación de decretos que tapujaban metidas de pata en la rescisión del contrato de la carretera Potosí-Tarija. Porque la reclusión carcelaria estimula la memoria, convirtiéndose en bumerán que golpea a mandamases arbitrarios de doble moral.