14 de mayo de 2013

Los síntomas de la decadencia


COMPORTAMIENTOS IGNOMINIOSOS


Por: Raúl Prada Alcoreza

Un pequeño grupo de constituyentes, visiblemente manejables, se ha reunido y ha hecho declaraciones altisonantes, exigiendo a la Asamblea Legislativa que ya de una vez ratifique normativamente la reelección del presidente y del vicepresidente. En su declaración se dice que apoyan lo que aprobamos los constituyentes de mayoría en la Constitución de Oruro, reelección indefinida. ¿Dónde estaban estos constituyentes cuando el poder constituido, concretamente el Congreso, se nombraba constitucional, y revisaba la Constitución aprobada por el poder constituyente? No dijeron nada, fueron obedientes a las determinaciones equivocadas del ejecutivo.



No defendieron la Constitución aprobada por ellos, dejaron que el Congreso manipule el 30% de la Constitución aprobada en Oruro por la Asamblea Constituyente. Una vez aprobada por el pueblo la Constitución, revisada por el Congreso y promulgada por el presidente, no dijeron nada. No defendieron a la Asamblea Constituyente frente a la violación ejercida por el Congreso en contra de los atributos ilimitados del poder constituyente. Se dejaron ningunear, como dice la voz popular. Cuando se aprobaron y promulgaron las leyes inconstitucionales, que deberían ser fundacionales, y terminaron siendo restauradoras del Estado-nación, dejando de lado las transformaciones institucionales y estructurales, que requiere la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, no dijeron nada.
Callaron, no defendieron el mandato constitucional. Dejaron que se promulgó la Ley Marco de Autonomías y Descentralización Territorial, que es inconstitucional, pues no responde a la Constitución, se desentiende del entramado de competencias autonómicas, desconoce los territorios indígenas y mantiene un sistema financiero centralista, cuando se debería establecer un sistema financiero autonómico y descentralizado. Cuando se promulgó la ley del Régimen Electora, que atenta contra los Derechos de los Pueblos Indígenas y Originarios, además de vulnerar la representación plurinacional, que comprende normas y procedimientos propios, tampoco se pronunciaron. También callaron cuando se promulgó la Ley de Deslinde jurídico, que resulta no solamente inconstitucional, pues atenta contra el pluralismo jurídico, sino también es una ley colonial, donde prácticamente se hace desaparecer a la Jurisdicción Indígena Originaria Campesina, subordinándola a la Jurisdicción Ordinaria. Podemos seguir con una lista más larga, pero no lo haremos; escribimos en otros textos difundidos sobre estos temas[1].
Lo que llama la atención es que en los temas cruciales, fundacionales del Estado plurinacional, estos constituyentes trasnochados, alterados ahora, callaron aquellas veces, fueron cómplices del desconocimiento de la voluntad del constituyente. Ahora, en un tema menor, el de la reelección, pues no puede ser otra cosa, no es un tema relativo a las transformaciones estructurales e institucionales, es un tema electoral, se les ocurre pronunciarse, llamados desesperadamente por el ejecutivo para descalificar a Rebeca Delgado. Lo hacen en contra de la Constitución promulgada, contra el texto evidentemente claro de las Disposiciones Transitorias. No se puede interpretar este texto, como un embrollado senador de Cochabamba, que cree que se puede interpretar un texto literal como si su significado fuera precisamente lo contrario de lo que está escrito. El argumento es estrambótico, dice que el espíritu constituyente está en los documentos dejados por los constituyentes, concretamente en la Constitución de Oruro. Olvida que la interpretación se hace del texto literal promulgado, no del dejado de lado por sus mismos jefes del ejecutivo, a los que defiende rastreramente, dejado de lado por el anterior Congreso, donde había un número significativo de diputados y senadores del MAS, siendo la primera fuerza política. Esta es una asombrosa anécdota de una sui generis interpretación “semántica”, que separa espíritu constituyente del cuerpo escrito. El senador no se inmuta cuando dice que se puede interpretar un texto con el significado de otro texto, aunque sean totalmente contradictorios.
Estos constituyentes, que se proclaman airados defensores de la Constitución, no responden a estas cuestiones y problemas candentes. Prefieren cerrar los ojos, taparse los oídos, y comportarse de una manera indigna para un constituyente, cuya principal responsabilidad es defender la Constitución y vigilar por su cumplimiento. No les avergüenza aprobar la inconducta del TCP, que está completamente sometido al ejecutivo. Se nota que tampoco comprenden que por el camino escogido, de forzar una reelección inconstitucional, pudiendo lograr una reelección por el camino constitucional, haciendo una reforma parcial a la Constitución y mandando la reforma al referéndum, llevan al presidente a una situación insostenible, a una elección inconstitucional, por lo tanto ilegitima. Al imponer por la fuerza, por violación grotesca de la Constitución, una reelección imprevista por la norma fundamental, lo único que hacen es mermar la propia convocatoria, manifestando claramente una profunda debilidad e inseguridad, atrayéndose el voto en contra de parte de la población, que hubiera votado por el presidente, si no fuera por estas desmedidas conductas incongruentes.
Estos constituyentes serviles cometen varios errores crasos; primero se atribuyen hablar a nombre de los constituyentes de mayoría, cuando no convocaron a nadie. Lo que se debería hacer es convocar a los asambleístas, por lo menos de mayoría, y debatir el tema, para sacar una resolución de consenso. Esto de atribuirse representaciones que no les corresponde es parte de las acostumbradas violencias descomunales del gobierno en contra de la Constitución, de los movimientos sociales, de las naciones y pueblos indígenas originarios. Otro error que cometen, es que ponen en peligro a la Constitución promulgada, le quitan crédito, devaluándola con su actitud servil, pisoteando el texto constitucional. Un tercer error evidenciado, es que estos constituyentes estuvieron completamente ausentes cuando se tenía que defender la Constitución en los temas cruciales de transformación normativa, trasformaciones estructurales e institucionales, en el desarrollo legislativo, que debería ser fundacional y no restaurador. Un cuarto error que cometen es que son cómplices del derrotero al abismo, con su actitud se suman a los y las llunk’u que aplauden el naufragio y atentan contra el proceso. Estos constituyentes pasan tristemente a la historia del proceso constituyen, a la triste e increíble historia de una Constitución pisoteada por los que deberían aplicarla.
He escuchado una declaración de una constituyente lisonjera, del departamento de Oruro, ahora funcionaria de Estado, descalificando a Rebeca Delgado, también constituyente y ahora asambleísta. Se hacen alusiones personales, además de develar una deshonestidad sin límites, diciendo que Rebeca Delgado no hizo nada en la Asamblea Constituyente, cuando dirigió una de las comisiones. Estos extremos de indecencia muestran la decadencia moral de la que increpa a una diputada valiente, que se ha atrevido a defender la Constitución dos veces; primero, con el pleito de la Ley de Extinción de Bienes, sobre la que el propio TCP le dio la razón; y segundo, respecto al fallo del TCP sobre la reelección, consulta efectuada por la Asamblea Legislativa, en tono de interpretación descalabrada de la Constitución acerca del tema en cuestión. Hay pues una gran diferencia entre esta diputada, Rebeca Delgado, que sigue siendo constituyente, como todos los constituyentes, hasta la aprobación de una nueva Constitución, y este grupo de constituyentes serviles, que prefieren ser usados a comportarse como corresponde, defendiendo la Constitución.
Rebeca Delgado ha dejado en claro que no está contra la reelección, sino que comprende que el único camino para hacerlo es respetando la Constitución. El ejecutivo y el llunkirio generalizado parecen no entender lo que se dice. Siguen con la letanía de decir que quieren la reelección del presidente, lo hacen a gritos para que el jefe sepa que son incondicionales; cuando este no es el tema, sino cómo se lo logra, con qué procedimientos. No obviamente mediante una imposición perversa. Eso ya no es reelección, eso es una suspensión de los derechos y garantías constitucionales, eso es un Estado de excepción. Sin embargo, ese es el camino escogido por el oficialismo y el llunkirio generalizado. Es triste, pues apena ver cómo la movilización prolongada de 2000 al 2005, que abrió el decurso del proceso, y como el dramático proceso constituyente, terminan con las más bochornosas y degradantes inconductas inconstitucionales, inconductas desesperadas, que lo que único que manifiestan es angurria de poder. Es triste, pues se observa que el ejecutivo, la Asamblea Legislativa, el TCP, y estos constituyentes serviles se han vuelto los sepultureros del proceso de cambio.
Estamos ante la crónica de una muerte anunciada, haciendo paráfrasis al cuento de Gabriel García Márquez que lleva ese nombre. Los que deberían ser los garantes del cumplimiento de la Constitución son los que precisamente le clavan la daga varias veces, hiriéndola mortalmente. Es una paradoja brutal. Y todo se hace bajo el discurso de defensa de la Constitución; parece una película macabra; pero, es la mismísima cruda “realidad”. El ejercicio del poder se ha convertido en el teatro de la crueldad[2], donde las simulaciones más pavorosas se ensañan contra los cuerpos “martirizados” del pueblo, convertido en un espectador atónito. El tema de la reelección no es el más luctuoso, ha habido peores cosas, sobre todo aquellas que tienen que ver con los temas cruciales de las transformaciones estructurales, las transformaciones pluralistas, comunitarias, autonómicas, participativas e interculturales del Estado, que son mandatos constitucionales no cumplidos. Ya estamos acostumbrados a esta forma descarnada de manifestación extravagante del poder. No es que sorprende que lo vuelvan a hacer, sino que, por nuestro lado, también se ha vuelto una costumbre responder a estos síntomas de la descomposición política; no se puede callar ante ninguna de las atrocidades del poder desenvuelto, sean temas mayores o menores.
Estos comportamientos ignominiosos son como los anuncios crepusculares de la muerte del proceso y la Constitución. A la decadencia política le sigue la decadencia moral; hay como una algarabía en los últimos momentos del festín; los celajes que anuncian la noche sin luna. Es el momento de la efervescencia, todo vale, ya no hay reglas ni normas que respetar, todas son manipulables. Ocurre como dijo una vez uno de los asesores de la cúpula, que ahora sigue fungiendo de tal; este ilustre asesor decía que como siempre fuimos dominados, sufrimos violencia, ahora nos toca dominar, hacer sentir nuestra violencia. Este asesor, que obviamente, no tiene nada que ver con Frantz Fanón, quien consciente de la violencia cristalizada en los huesos del colonizado, comprendiendo que la descolonización devuelve la violencia al colonizador; sin embargo, sabia claramente, que no se trata de ocupar el lugar del otro, el lugar del patrón, volverse el nuevo patrón, sino de destruir la estructura de dominación colonial. La diferencia entre el tristemente ilustre asesor y Frantz Fanón es abismal; el asesor busca desahogarse, manifestando a voz en cuello, resentimiento y el espíritu de venganza, como conceptúa Friedrich Nietzsche. A eso reduce la “revolución”; en cambio, el teórico de la descolonización apunta a desmontar el poder, la dominación colonial y capitalista. El problema es que la violencia simbólica y física desatada no es contra los patrones, que se han vuelto aliados del gobierno, sino contra el pueblo, como es el caso del “gasolinazo”, contra las naciones y pueblos indígenas originarios, como es el caso del TIPNIS, contra la Constitución, como son los numerosos casos de elaboración, aprobación y promulgación de leyes inconstitucionales.
Seguramente la Asamblea Legislativa va aprobar la ley de reelección inconstitucional. No se puede esperar otra cosa de una mayoría de asambleístas dispuestos a firmar cualquier cosa, a veces sin haber leído, como cuando aprueban contratos, incluso en inglés; no se puede esperar otra cosa de una mayoría de asambleístas que optó por la concepción mercantil de la política[3], no se puede esperar otra cosa de una mayoría de asambleístas que han perdido toda dignidad, acostumbrados a que los maltraten, a que los ninguneen, a que los desprecien, como lo hace el presidente nato del Congreso, que lo que único que hace es ordenar, controlar, vigilar y castigar. De acuerdo a declaraciones de la presidenta de diputados, ahora dicen que no necesitan 2/3, cuando la Constitución exige dos tercios para las reformas parciales de la Constitución. Lo que hacen no es, ciertamente, la reforma parcial, como corresponde, sino una violación atroz de lo que establece la Constitución; pero, de todas maneras, se trata de un tema que afecta al texto constitucional; por lo tanto se requeriría, en todo caso, 2/3. A estas alturas de la desmesura violenta de las imposiciones, ya no importa nada, “hacemos lo que nos da la gana”. Estas escenas patéticas forman parte de los comportamientos ignominiosos a los que nos acostumbraron; también son síntomas de la decadencia. Cuando se suspende todo pudor, toda ética, toda moral, cuando no se tiene vergüenza de nada, cuando se considera que todo vale para conseguir los fines, este maquiavelismo vulgar, entonces los dados están echados, hay que leer lo que cae en la mesa, el número fatal.
Haciendo un balance de lo acontecido, es muy probable que el proceso haya muerto; el desarme del proceso por parte del gobierno ya ha ido muy lejos. Son estas termitas que carcomen la madera con la que se debería construir el Estado plurinacional, las que han horadado la materia política del proceso, las que lo han llevado a sus más profundas contradicciones, las que han suplantado el proceso por el teatro de la crueldad, por la simulación grotesca de los cambios, que no se dieron, por la folklorización de lo plurinacional y la descolonización. Son estas termitas del proceso las que festejan esta usurpación tosca, haciendo gala de sus comportamientos, que consideran leales, cuando no son otra cosa que rastreros. Es probable que esto, la muerte del proceso, ya haya acontecido, pues un proceso sólo podría subsistir mediante el empuje de las transformaciones, la profundización y el ejercicio de la democracia participativa. Nada de esto se ha dado; en vez de esto, se han repetido, mediante un rápido aprendizaje, las mañas de la vieja clase política, la indolencia de esta casta, que cree que han nacido para gobernar. La diferencia, entre unos y otros, entre los de ahora y los de antes, radica en que los nuevos aprendices de brujo lo han hecho de una manera expansiva, llegando a límites jamás sospechados. El prebendalismo, el clientelismo, la corrupción, son los procedimientos más usados y apreciados, como método de control, por los nuevos discípulos políticos.
Es probable que el proceso haya muerto; empero la responsabilidad de los constituyentes consecuentes, de los movimientos sociales anti-sistémicos, lo que queda de ellos, de las organizaciones sociales no cooptadas, del pueblo boliviano, es defender el proceso, aunque haya desaparecido, en contra de los sepultureros oficialistas, pues de lo que se trata es de luchar por lo imposible, dejando constancia que este proceso pertenece al pueblo boliviano, a los movimientos sociales, a las naciones y pueblos indígenas, y no a los impostores y usurpadores, que usufructúan del poder a nombre precisamente del mismo proceso que entierran.
La decadencia
La decadencia, que significa muchas cosas, como ocaso, declinación, descenso, declive, crepúsculo, degeneración, caída, es una figura usada para expresar el derrumbe de los regímenes, de los imperios, de los gobiernos; así como también, se usa el término para expresar el crepúsculo de épocas, etapas o periodos. Se ha hablado mucho de la decadencia del capitalismo; ha pasado un siglo y el capitalismo no cae, mas bien cambia, se transforma, adquiere otras formas y otra estructura de composición. Ciertamente el término de decadencia es una metáfora usual; también se la ha usado para referirse a la corrosión, a la corrupción, al hundimiento ético y moral. Es un término “subjetivo”, por así decirlo; cuando lo usamos nos dejamos llevar por las impresiones.
¿Cuál es el valor de este uso metafórico de decadencia? Expresa el estado de ánimo, las impresiones dejadas como huellas agobiantes, que hacen como signos de desmoralización. Entonces, cuando usamos el término decadencia, lo hacemos para referirnos a un estado de ánimo, a un clima o atmósfera sensible, que presiona a la gente, la convierte en escéptica o incrédula, en el peor de los casos, en angustiada. Muchos llegan a decir, “al final todos son iguales, para eso es el poder, por eso se llega al poder, para usarlo en beneficio propio”. Sin embargo, también el término de decadencia pude contener significaciones “objetivas”, por así decirlo. Sobre todo cuando se lo usa para interpretar ciertos síntomas del comportamiento político; esto ocurre cuando el comportamiento político deja de ser creíble, es puesto en duda. Cuando se hace elocuente que lo que dicen los políticos no concuerda con los hechos. Particularmente cuando lo que hacen es una vulneración flagrante de los derechos. Entonces, cuando esto ocurre se puede hablar de una decadencia; esta constatación adquiere sus contrastes alumbradores cuando los “sujetos” aludidos son precisamente los que se reclaman de “revolucionarios”. Por lo menos en el imaginario, la “revolución” es idealizada como una figura trastrocadora, una remoción profunda, una subversión contra todo lo odiado, el poder, la violencia, la corrupción, la manipulación, las trampas de los políticos tradicionales. Cuando los “revolucionarios” hacen lo mismo, se puede hablar de una decadencia de esa “revolución” que estaba en curso, llámesele como se la llame, socialista, comunitaria, descolonizadora, democrática, cultural.
No vamos a hablar de las hipótesis interpretativas de por qué ocurre esto, esta decadencia política; ya lo hicimos en otros escritos[4]. Nos interesa ahora reflexionar sobre la descripción de estos síntomas de la decadencia. ¿Cuál es el imaginario de los que manifiestan estos síntomas? ¿Cuál es el perfil subjetivo de los que efectúan esta sintomatología de la decadencia? Es difícil esperar que los que expresan estos síntomas sean conscientes de los mismos; por así decirlo, los “decadentes” no son conscientes de su decadencia, salvo las consciencias más lucidas, ungidas por las nostalgias conservadoras, quienes se encuentran desgarrados por el avasallamiento del tiempo, observando su propio crepúsculo. Empero, estas son las excepciones honrosas. La gran mayoría de los comprometidos consideran que lo que hacen es lo que deberían hacer, pues no hay otra cosa que hacer, es lo único que se puede hacer como muestra de lealtad. Éstas no son consciencias desdichadas, en el sentido hegeliano, en tanto desgarradas, sino, al contrario, son consciencias satisfechas consigo mismas.
Se trata de una satisfacción con la condición trivial lograda. El mayor logro es el reconocimiento del jefe; no hay necesidad de hacerse problemas, de si lo que se hace contradice los postulados, los principios, los valores, los objetivos. Todo esto al final no importa; lo que importa es continuar, preservarse, conservarse, mantenerse, cueste lo que cueste. Lo que importa es que al día siguiente, al despertar, se siga en el mismo puesto, en el mismo lugar, con el mismo gobierno; nada de sorpresas. Tampoco importa hacerse problemas con que si es o no es un proceso de cambio; lo importante es que el jefe dice que lo es y seguimos adelante. Hay como un auto-convencimiento; eso basta. Lo peor, cuando se llega a este estado de ánimo, a esta autosatisfacción, es encontrarse con los que ponen en duda, los y las que cuestionan, los y las que critican. Esos son enemigos del proceso de cambio; hay que pulverizar a esta gente, destruirlos, con todas las armas al alcance, denigrarlos, descalificarlos. Por eso, no es sorprenderse del esmero con el que se dedican a combatir a la crítica, a los y las que ponen en duda las ordenes. Se desgañitan por hacerlo, en contraste al mínimo esfuerzo, incluso nulo, por atender el desarrollo legislativo u otra tarea que implique la custodia del proceso y la Constitución.
Empero, no todos los involucrados en la decadencia, tienen el mismo perfil ni comparten el mismo imaginario. Hay quienes elaboran más, comprenden que hay diferencias entre lo que se postula y lo que se hace, incluso saben que es preferible mejorar, corregir errores; sin embargo, concluyen que, por el momento, no se puede hacer otra cosa; hay que dejar las modificaciones para después. Ahora hay que defender el gobierno. ¿Contra quién? Contra el fantasma de la derecha; esta siempre está presente, es como una eterna conspiradora; lo hace desde todas partes. No importa que ahora, sea una minoría política; todavía cuenta con recursos, es fuerte económicamente, además cuenta con apoyo internacional. Entonces se justifican todos los errores con este argumento, la defensa del gobierno. Olvidan que la mejor defensa es la transformación, la profundización, la democracia participativa. Se encierra, como si estuvieran sitiados; por eso actúan represivamente.
Sin embargo, el perfil de mayor incidencia es el de los diseñadores de la estrategia política, si podemos llamar estrategia a lo que bosquejan y terminan implementando. Para ellos todo está claro; no cabe la posibilidad de la duda. No hay errores, hay una contante experimentación de la estrategia, de su implementación; ésta es indiscutible. Está elaborada con toda claridad, además está aprobada por el jefe. Estos diseñadores conciben que lo único que existe es la estrategia política, lo demás está demás, son documentos logrados en el camino. Son enunciados ideales. La Constitución es un referente ideal; empero, lo que vale “pragmáticamente” es la estrategia política. Lo único real es el Estado, lo demás es utopía; hay que usar el Estado para transformar. Si en el camino se vulneran derechos; éstos son los costos colaterales; todo sea por alcanzar los objetivos de la estrategia política. ¿Cuáles son estos objetivos? Consolidar el poder “popular”, fortalecer el Estado; no importa si este Estado sigue siendo el Estado-nación; lo que importa es que está en nuestras manos. Eso es suficiente. Lo que hay que garantizar es la perdurabilidad y la continuidad. Cuánto más tiempo tengamos más cambios se podrán hacer, aunque vayamos lento. Si el modelo económico sigue siendo extractivista, aunque éste es un problema, hay que considerar que es parte de la transición; lo que importa es que está nacionalizado. Se necesitan recursos económicos para invertir socialmente y productivamente.
Este es el pragmatismo de los diseñadores, de los estrategas políticos. Debido a su vanidad, a su imaginario egocéntrico, no se dan cuenta que lo que hacen se parece a lo que las élites que criticaron hicieron, por lo menos las más progresistas. Un poco más de Estado, un poco más de programas sociales, acompañados por la estridente propaganda y publicidad. Así, de este modo, privilegiando su estrategia política, abandonan la Constitución y lo que consideran utopías.
Notas:
[1] Revisar de Raúl Prada Alcoreza Descolonización y transición. Horizontes nómadas 2012; La Paz.
[2] Teatro de la crueldad: Término usado por Artaud para referirse al teatro de la realidad.
[3] Ver de Raúl Prada Alcoreza La concepción mercantil de la política. Bolpress 2013; La Paz.
[4] Ver de Raúl Prada Alcoreza Defensa Crítica del proceso. Bolpress 2013; La Paz.