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3 de septiembre de 2026

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JORGE ALCOREZA Y EL ALMA DEL CORCEL: La reinvención del caballo en el arte contemporáneo

 Por: Boris Bernal Mansilla

La fascinación humana por el caballo hunde sus raíces en la penumbra del Paleolítico superior. En las cavernas de Lascaux y Chauvet, el trazo soplado y el carbón sobre la roca no respondían a una domesticación inexistente, sino a la reverencia ante una fuerza telúrica en estado puro. Aquellos équidos prehistóricos —de vientres grávidos, cervices robustas y extremidades ligeras— encarnaban el misterio del dinamismo y la supervivencia, capturados con un asombroso sentido del volumen y una vibración vital que precedió por milenios a cualquier codificación civilizatoria. 

Con el advenimiento de la Antigüedad clásica, el animal transitó de la esfera chamánica al epicentro del mito, el heroísmo épico y la jerarquía política. En la Grecia helénica, el caballo se convirtió en canon de nobleza y perfección formal. Fidias, en los frisos del Partenón de Atenas, elevó la anatomía equina a un ideal sublime: corceles fogosos, de testas expresivas y venas latentes que avanzaban en procesión ritual, sellando una armonía absoluta entre la pulsión del animal y la templanza del jinete. Esta veneración se fundió con el mito a través del alado Pegaso y de los carruajes solares de Apolo, fijando al corcel como mediador entre lo terrenal y lo divino. 

Roma heredó esta tradición pero la dotó de un pragmatismo monumental al servicio del Imperio. El caballo se erigió en pedestal indiscutible del poder militar y la Pax Romana. El canon supremo de este período quedó inmortalizado en la colosal estatua ecuestre en bronce de Marco Aurelio, en la colina capitolina: la marcha cadenciosa, el porte macizo del animal y la rienda firme no eran un mero alarde escultórico, sino un dispositivo retórico de dominación y clementia. El dominio del césar sobre el corcel traducía el gobierno moral y cívico del emperador sobre los pueblos sometidos y sobre el orden del cosmos. 

Durante el Renacimiento, esta figuración adquirió una dimensión analítica y estructural sin precedentes gracias a Leonardo da Vinci. Fascinado por la biomecánica de la vida, Leonardo no concibió al caballo como un bloque inerte, sino como una máquina dinámica de proporciones exactas. A través de minuciosos tratados y bosquejos preparatorios —singularmente para el monumento a Francesco Sforza y los escorzos coléricos de La batalla de Anghiari—, el florentino desentrañó los ligamentos, la musculatura en tensión y la osamenta del animal, dotando a la representación ecuestre de un rigor anatómico y una cadencia cinética que transformaron para siempre la historia del arte. 

Paralelamente, la consolidación de las monarquías modernas europeas llevó el retrato ecuestre a su cenit performativo. En el lienzo de Tiziano que conmemora la Batalla de Mühlberg, Carlos V encarna la noción sacra del miles Christi; el caballo es la prolongación corpórea del mando supremo y de la soberanía dinástica. Trasplantada a ultramar mediante el orden virreinal hispano, esta iconografía reservó los grandes retratos de aparato a las máximas autoridades virreinales, como el Conde de Lemos en el Perú. No obstante, en la esfera jurídica y social de las Indias, la monta operó también como una distinción estamental concedida de manera excepcional a la nobleza indígena: caciques y curacas principales gozaron de la merced legal de portar espadas y cabalgar a la brida, enarbolando al animal como signo externo de hidalguía, linaje y mediación política dentro del pacto corporativo virreinal. 

Con la fractura de los absolutismos y la irrupción de la modernidad, el animal quedó despojado paulatinamente de su encomienda cortesana. En la pintura inglesa pionera de George Stubbs y, con posterioridad, en la mirada impresionista de Edgar Degas, el caballo dejó de ser pedestal del gobernante para afirmarse en su pura entidad física e instintiva. La atención plástica giró hacia la velocidad, la contracción muscular, la tensión nerviosa y la ligereza del paso: el animal conquistaba, al fin, su propia autonomía estética dentro del lienzo. 

En el cauce de esta prolongada evolución plástica universal, la escena contemporánea halla un hito de singular elocuencia en la obra de Jorge Alcoreza, artista, pintor y escultor boliviano cuya producción habita distinguidas colecciones privadas del mundo y se sustenta en un proceso de constante legitimación institucional a lo largo de décadas. Su trayectoria atesora reconocimientos determinantes en el medio artístico: el Premio BHN, el Premio Pro Arte, su consagración como Artista Revelación en 2002 y el prestigioso Pincel de Oro conferido por la Sociedad de Arte de Bolivia en 2004, galardones a los que se suma el Castillo de Oro del Colegio Militar del Ejército en 2012. Asimismo, su quehacer cultural ha merecido el homenaje formal de la Vicepresidencia de la República en 2007, junto a distinciones de la Cámara de Diputados y del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz. Estos avales consagran a un creador con más de cincuenta exposiciones nacionales e internacionales y una fecunda huella mural plasmada en recintos del Estado, la Iglesia y la arquitectura hotelera del país. 

Tuve el privilegio de adentrarme en su reciente muestra pictórica, desplegada sobre los muros patrimoniales del Museo Tambo Quirquincho durante la Noche de Museos 2026. Recorrer la sala significó enfrentarse a un corte radical frente al academicismo complaciente. La contundencia de la propuesta, unida a una audacia técnica que interpela la fibra más honda del espectador, motivó mi decisión de incorporar tres de estas obras a mi colección personal. Esta convivencia íntima y cotidiana con las pinturas me ha permitido descifrar con detenimiento los misterios de una serie que no busca la seducción decorativa, sino la confrontación con una verdad plástica visceral. 

Lejos del artificio efectista, la búsqueda de Alcoreza se articula en una figuración de hondo calado expresivo, vertebrada por un riguroso estudio tonal en grisalla y una técnica mixta basada en el claroscuro. Su lenguaje es un realismo gestual y pulsante: la anatomía del caballo se alza sólida, irreprochable en sus proporciones, pero renuncia con lucidez a la anécdota hiperrealista o al detalle minucioso. En su lugar, el artista privilegia pinceladas amplias, fluidas y de un ímpetu volcánico que insuflan nervio, temperamento y aliento vital a la fisonomía animal. 

La serie descansa en un austero monocromatismo donde la paleta se contiene en una escala de negros, blancos, grises y tenues resonancias en sepia y tierra. Al renunciar a la dispersión del color, Alcoreza entrega el protagonismo absoluto a la tensión de la luz y al misterio de la penumbra. Es aquí donde el claroscuro se erige como principio escultórico: mediante contrastes categóricos entre zonas de fulgor dramático y sombras abisales, el pintor cincela la musculatura y la presencia tridimensional del équido con una gravedad tangible, casi palpable. 

Este rigor estructural late gracias a un despliegue técnico refinado y versátil. Por un lado, las aguadas y lavados fluidos —con diluciones generosas de materia como tinta china, acrílicos o gouaches densos— trazan transiciones etéreas, con veladuras y atmósferas envolventes que disuelven los fondos e imprimen una cadencia espectral al vuelo de las crines. Por otro, deslumbra el dominio de la pintura sustractiva o en negativo sobre fondo oscuro: en vez de partir del lienzo blanco para ensombrecerlo, Alcoreza se sumerge en el soporte negro y hace emerger la osamenta y la fibra viva desde la luz, rescatando la forma únicamente mediante la aplicación certera de blancos y tonos marfil. Este método dialoga en perfecta sintonía con la pintura directa alla prima, alternando fusiones húmedo sobre húmedo en el lomo con empastes secos y enérgicos que definen aristas, bridas, la tensión de los belfos y el relámpago indómito en la mirada del corcel. 

Con esta serie, Jorge Alcoreza redime al caballo de cualquier vestigio cortesano, militar o servil. Desde la disciplina de la grisalla, el dramatismo del claroscuro y la libertad del gesto contemporáneo, el artista le devuelve su condición sagrada y originaria: una presencia telúrica, libre y soberana que se yergue con voz propia y rotunda en la historia del arte boliviano. 







21 de agosto de 2026

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EL FOLCLORE COMO EXPRESIÓN DE IDENTIDAD Y EL DILEMA DE SU GESTIÓN EN BOLIVIA



Por: Boris Bernal Mansilla

Cada 22 de agosto el mundo celebra el Día Internacional del Folclore, una fecha establecida por la UNESCO en 1960 para conmemorar el momento exacto en que, en 1846, el arqueólogo británico William John Thoms propuso por primera vez este término en la revista londinense The Athenaeum. Al unir las palabras sajonas folk (pueblo) y lore (saber o conocimiento), Thoms buscaba una forma sencilla y precisa de nombrar lo que hasta entonces se llamaba de forma dispersa «antigüedades populares». Con el paso de las décadas, lo que comenzó como la simple recolección de costumbres y leyendas se convirtió en una verdadera disciplina de estudio, estrechamente vinculada a la antropología, la historia y la sociología, dedicada a comprender la memoria viva de las sociedades.

Para entender el valor de este campo es necesario aclarar cómo se conectan la cultura, el folclore y la identidad. La cultura es el universo amplio que abarca todo lo que una sociedad crea: sus leyes, su ciencia, su tecnología, su arte y sus instituciones. El folclore, en cambio, es una rama muy particular de esa cultura; reúne el saber tradicional, popular y colectivo que nace de la propia gente, que no suele llevar una firma individual y que se transmite de padres a hijos a través de la palabra, el ejemplo y la práctica cotidiana. Todo esto da forma a la identidad, que no es otra cosa que el sentido de pertenencia y orgullo que nos permite reconocernos como parte de una comunidad con memoria, valores y raíces comunes. Así, el folclore se convierte en el corazón visible de la identidad: toma la historia y las creencias de un pueblo y las expresa en danzas, ritmos, trajes, ritos y artesanías.

En Bolivia, esta fuerza cultural tiene una vitalidad extraordinaria. A diferencia de otros contextos donde las tradiciones quedan archivadas en museos, en nuestro país el folclore se vive y se renueva en las calles gracias al empuje de las comunidades, las fraternidades folclóricas, los artesanos, los músicos y las familias que año tras año financian las festividades patronales mediante sistemas de apoyo mutuo y reciprocidad. Aunque la Constitución Política del Estado y la Ley Nº 530 del Patrimonio Cultural reconocen formalmente estos saberes como derechos fundamentales y bienes colectivos inalienables, la realidad de la gestión pública muestra serios tropiezos y contradicciones.

El problema más visible es la proliferación de las llamadas «declaraciones vacías». Con frecuencia, concejos municipales, asambleas departamentales y el propio parlamento nacional aprueban leyes que declaran como «patrimonio cultural» a diversas danzas, platos típicos o festividades, muchas veces buscando únicamente el aplauso político o electoral del momento. El inconveniente es que estas normas nacen sin un estudio histórico riguroso que las respalde, sin un plan concreto de salvaguardia y, lo más grave, sin un solo centavo de presupuesto en los planes operativos anuales. Al final, se crea la ilusión de que una danza está protegida por el simple hecho de figurar en un papel oficial, cuando en la práctica todo el costo de preservar la música, las vestimentas y la tradición sigue recayendo exclusivamente en el bolsillo de los bailarines y los artesanos.

A este descuido interno se suman otros dos grandes desafíos. Por un lado, ante los constantes conflictos con países vecinos por el origen y uso de expresiones como la morenada, los caporales, la diablada o el tinku, la diplomacia cultural boliviana suele reaccionar tarde y con simples reclamos protocolares, debido a la falta de un catálogo científico nacional con pruebas documentadas que certifiquen el origen de nuestras expresiones ante organismos internacionales. Por otro lado, la constante degradación institucional, como quitarle el rango de ministerio al área de Culturas para convertirla en un viceministerio o ahora anexarla a otras carteras y darle el rango de agencia, debilita la capacidad del Estado para fiscalizar, coordinar y defender el patrimonio, reduciendo la riqueza cultural a un simple producto de espectáculo o de atracción turística de temporada.

Para cambiar este panorama y lograr una gestión seria y sostenible, se requiere avanzar en propuestas concretas:

1. Frenar las leyes simbólicas: Modificar los reglamentos legislativos para que ninguna declaratoria de patrimonio se apruebe si no cuenta previamente con una investigación etnográfica e histórica, un plan de acción para su cuidado y una partida presupuestaria específica que garantice su aplicación.

2. Crear un Catálogo Científico del Patrimonio Inmaterial: Construir un registro digital riguroso y actualizado que documente la historia, la música, los pasos, los significados rituales y las técnicas tradicionales de confección de cada danza, sirviendo como respaldo legal y probatorio ante cualquier controversia internacional.

3. Proteger la propiedad intelectual colectiva: Aprobar normativas especiales que reconozcan a las comunidades, naciones y pueblos originarios como los verdaderos titulares de sus conocimientos y diseños tradicionales, evitando que empresas o terceros lucren indebidamente con su arte.

4. Restituir la jerarquía institucional: Devolver el rango ministerial a la cartera de Culturas, dotándola de presupuesto propio, autonomía técnica y peso político real para diseñar políticas públicas y coordinar la defensa exterior con la Cancillería.

5. Llevar el folclore a las aulas: Integrar en el sistema escolar y universitario contenidos sobre la historia, los valores y el significado profundo de nuestras manifestaciones culturales, para que las nuevas generaciones no solo bailen las danzas, sino que comprendan su trasfondo y aprendan a valorarlas y defenderlas.

El folclore boliviano no puede seguir tratándose como un adorno de calendario ni como una simple herramienta comercial para el turismo. Es la voz viva de nuestra historia, la memoria de nuestras abuelas y abuelos, y el tejido que mantiene unida la identidad de todo un país. Dejar atrás la costumbre de las leyes de papel y la precariedad institucional es una urgencia impostergable; solo con investigación rigurosa, inversión económica real y una institucionalidad fuerte lograremos que nuestras expresiones culturales sigan vivas, protegidas y dignificadas para las generaciones venideras.


15 de agosto de 2026

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LA VIRGEN MARÍA NUESTRA MADRE TIERRA


Por: Boris Bernal Mansilla

Para comprender los procesos históricos, religiosos y culturales de nuestra América, debemos dejar atrás la idea de que una cultura simplemente impuso su religión sobre la otra, para explorar cómo se mezclaron ambos mundos de formas complejas (Gisbert, 1980, p. 45). La devoción a la Virgen María —cuyas raíces germinan en los orígenes mismos del cristianismo primitivo, se consolidan teológicamente en el Concilio de Éfeso con la proclamación del dogma de la Theotókos o Madre de Dios y florecen en la península ibérica a través de tradiciones medievales y de la defensa fervorosa de la Inmaculada Concepción— experimentó en los territorios andinos una metamorfosis de proporciones monumentales (Vargas Ugarte, 1956, p. 55). Al cruzar el Atlántico, la piedad mariana no operó como un dogma estéril o un monolito doctrinal ajeno, sino que encontró un fértil, profundo y resistente sustrato prehispánico (Acosta, 1985, p. 82). En este espacio, la figura de María resonó de manera natural con el culto ancestral a la Pachamama o Madre Tierra y a los apus, las deidades tutelares de las cumbres y los nevados (Barnade, 2020, p. 48). Este encuentro no se tradujo en una contradicción insalvable, sino en una síntesis viva que perdura hasta el presente: en el mundo andino contemporáneo, las comunidades continúan realizando el ritual la ch'alla o pago a la tierra antes de fundirse con idéntico fervor en las misas y procesiones de las festividades marianas (Barnade, 2020, p. 52).

Antes de arraigar en el suelo americano, la piedad mariana transitó por el crisol de la historia de España, modelando una identidad espiritual singular que los conquistadores, frailes y administradores trasladaron al Nuevo Mundo (Vargas Ugarte, 1956, p. 112). La tradición hispana situó tempranamente hitos fundacionales como la milagrosa venida de la Virgen en carne mortal al apóstol Santiago en Caesaraugusta sobre un pilar de jaspe, dando origen al culto del Pilar (Vargas Ugarte, 1956, p. 118). Asimismo, durante el reino visigodo, figuras como San Ildefonso de Toledo impulsaron de forma decisiva los tratados sobre la virginidad perpetua de María, cimentando en la península el título de La Señora y arraigando una devoción que trascendería los siglos (Vargas Ugarte, 1956, p. 125). Durante los largos siglos de confrontación militar y religiosa frente al islam, la imagen de María se transformó en el estandarte supremo de los ejércitos cristianos con Covadonga como mito inaugural (Vargas Ugarte, 1956, p. 135). Paralelamente, proliferaron por los montes y geografías peninsulares las leyendas de imágenes milagrosamente ocultas y redescubiertas por pastores, como la Virgen de Montserrat en Cataluña, Guadalupe en Extremadura o la Virgen de la Cabeza en Jaén, vinculando de forma indisoluble la advocación celestial a accidentes geográficos concretos (Vargas Ugarte, 1956, p. 142). Durante los siglos XVI y XVII, la Monarquía Hispánica se autoproclamó en Europa como la gran espada y defensora mundial de la fe católica (Acosta, 1985, p. 150). Universidades, tercios militares y el pueblo exigieron y defendieron con furor el dogma de la Inmaculada Concepción, mucho antes de que fuera formalmente proclamado por el Vaticano en 1854 (Vargas Ugarte, 1956, p. 160). Esta profunda carga ideológica y afectiva constituyó el equipaje espiritual con el que los españoles cruzaron el océano atlántico (Acosta, 1985, p. 165).

Con la instauración del orden virreinal a partir del siglo XVI, el continente americano se convirtió en el escenario de un profundo proceso de evangelización e inculturación, donde la devoción mariana desempeñó un papel articulador fundamental a través de la proliferación de sus múltiples advocaciones (Gisbert, 1980, p. 70). El fenómeno fundacional que modificó el rumbo de la evangelización se consolidó con las apariciones de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac al indígena Juan Diego (Gisbert, 1980, p. 88). Al presentarse con rasgos mestizos, hablar en lengua náhuatl y estamparse milagrosamente sobre un ayate, logró en pocos años lo que la coacción institucional no había conseguido: la conversión voluntaria, masiva y el profundo sentido de pertenencia de los pueblos originarios, erigiéndose como el gran símbolo identitario de nuestra América (Gisbert, 1980, p. 90). Las órdenes religiosas fomentaron conscientemente la piedad mariana para encauzar el fervor que los indígenas tributaban a deidades femeninas vinculadas a la fertilidad, el agua y la tierra (Barnade, 2020, p. 55). Así surgieron innumerables advocaciones y patronazgos tradicionales, como la Virgen de Copacabana esculpida en madera de maguey por el artista indígena Francisco Tito Yupanqui a orillas del sagrado Lago Titicaca, Nuestra Señora de Chiquinquirá en Colombia o la Virgen de Luján en el Cono Sur, que unieron la devoción de poblaciones aymaras, quechuas, mestizas y criollas bajo un mismo manto de protección (Gisbert, 1980, p. 95).

En el espacio andino, el encuentro entre el catolicismo y el mundo prehispánico no fue una simple coincidencia formal, sino una profunda asimilación ontológica (Barnade, 2020, p. 60). La figura de María como madre nutricia, intercesora y dadora de vida absorbió de manera directa las cualidades esenciales de la Pachamama (Barnade, 2020, p. 62). Para el pensamiento y la sensibilidad de los pueblos originarios, la tierra nunca ha sido un recurso inerte o un mero soporte físico, sino una divinidad vital y soberana, una matriz generosa que engendra, sostiene y equilibra el cosmos (Soux, 2011, p. 45). Ante el embate de la evangelización monárquica, el culto a la Madre Tierra no desapareció; por el contrario, encontró en la Madre de Dios su vehículo de supervivencia, legitimación y continuidad espiritual (Soux, 2011, p. 50). La devoción mariana en los Andes se nutrió de este latido telúrico, transformándose en el espacio donde la energía nutricia de la Pachamama logró habitar, resistir y florecer bajo las formas visibles del catolicismo popular (Soux, 2011, p. 55).

En el corazón de la América virreinal, la consolidación de los grandes centros mineros transformó de manera radical el paisaje físico y simbólico de los Andes (Soux, 2011, p. 75). El Sumaj Orcko o Cerro Rico de Potosí dejó de ser exclusivamente el espacio sagrado tradicional, un apu tutelar y un altar de la Pachamama donde las comunidades originarias ofrendaban para obtener el equilibrio del cosmos, para convertirse en el motor económico, financiero y demográfico del Imperio Español: la célebre Villa Imperial, una vorágine de extracción de plata que abastecía al comercio global (Soux, 2011, p. 82). Ante la tremenda crudeza del trabajo minero ejemplificado en el sistema de la mita, la altísima tasa de mortalidad y la imperiosa necesidad de calmar y legitimar espiritual aquel territorio de riqueza desbordante, las expresiones visuales y religiosas jugaron un papel unificador absoluto (Soux, 2011, p. 90). La urgencia de ofrecer un vientre protector que resguardara y pacificara tanto a los naturales como a las autoridades virreinales propició la gestación de una de las expresiones más audaces, complejas y fascinantes del arte barroco americano: las pinturas de la Virgen del Cerro (Mesa & Gisbert, 1982, p. 195).

Producidas de manera magistral en los talleres de las Escuelas Cuzqueña y Potosina durante los siglos XVII y XVIII, estas obras pictóricas operaban simultáneamente como dispositivos ideológicos, estéticos y teológicos de altísima eficacia (Alberdi, 2018, p. 65). El cuerpo, las ricas vestiduras recamadas de oro y plata y el manto rígido de la Virgen adoptan una forma cónica o triangular perfectamente delimitada que imita de forma explícita la silueta inconfundible del Cerro Rico de Potosí (Alberdi, 2018, p. 70). En una audaz transposición simbólica, la Virgen es el cerro, y el cerro es la Madre (Mesa & Gisbert, 1982, p. 205). La composición de los lienzos se organiza de manera vertical y jerárquica: en la cúspide celestial, la Santísima Trinidad o la corte de ángeles y arcángeles corona la escena; en el plano central domina imponente la masa del cerro transfigurada en la Madre de Dios; y en la base del lienzo, rinden tributo con solemne devoción las más altas autoridades del orden virreinal y eclesiástico como el Papa, el Emperador o Rey de España, obispos, sacerdotes y caciques o curacas indígenas, reflejando el orden estamental del periodo (Mesa & Gisbert, 1982, p. 210).

A diferencia de la iconografía europea tradicional, estática y centrada en la figura humana, el manto desplegado de la Virgen-Cerro abarca, abraza y cobija a la comunidad entera (Alberdi, 2018, p. 80). Aquí se consuma la gran síntesis andina: la montaña extractiva, que simultáneamente representaba la fuente inagotable de riqueza imperial y el espacio de profundo sufrimiento humano, queda consagrada y redimida bajo un manto de misericordia maternal que evoca y actualiza la protección de la Pachamama (Soux, 2011, p. 102). El cerro-pico de plata deja de ser solo una geografía de explotación y se transforma en un vientre sagrado y nutricio, una prolongación de la Madre Tierra que acoge y sustenta a sus hijos bajo las formas del catolicismo popular (Soux, 2011, p. 108).

Las pinturas de la Virgen del Cerro y el vasto proceso devocional que las sustenta trascienden con creces la categoría de meros testimonios estéticos de la época virreinal (Alberdi, 2018, p. 95). Constituyen, en su esencia más profunda, un documento visual de la resistencia, adaptación, reinterpretación y síntesis de la memoria andina desde los cimientos mismos de su origen cristiano, peninsular y americano (Acosta, 1985, p. 210). En ellas, el largo y complejo tránsito de la devoción mariana, que germina en los albores del cristianismo en Oriente, madura en el fervor medieval de España y se expande a través de las advocaciones del Nuevo Mundo, se funde de manera indisoluble con la energía telúrica de la montaña sagrada y con el latido ininterrumpido de la Pachamama, encapsulando la compleja y rica génesis de nuestra identidad mestiza, donde lo sagrado ancestral continúa habitando bajo las formas de la fe popular (Barnade, 2020, p. 65).

Referencias:

Acosta, J. de. (1985). Historia natural y moral de las Indias. Edmundo O'Gorman (Ed.). Fondo de Cultura Económica.

Alberdi, R. (2018). El arte de la Escuela Cuzqueña: Pintura, religiosidad y poder en el virreinato del Perú. Editorial Universitaria.

Barnade, L. (2020). Sincretismo y religiosidad andina: La pervivencia de la Pachamama en el espacio tradicional. Revista de Antropología Americana, 14(2), 45-68.

Gisbert, T. (1980). Iconografía y mitos indígenas en el arte. El sincretismo en el arte tradicional boliviano. Gisbert y Cía.

Mesa, J. D., & Gisbert, T. (1982). Historia de la pintura cuzqueña. Fundación Augusto N. Wiese.

Soux, M. L. (2011). El cerro de Potosí y la conformación del espacio tradicional andino. Plural Editores.

Vargas Ugarte, R. (1956). Historia del culto de María en Hispanoamérica y sus imágenes y santuarios más conocidos. Talleres Gráficos S.A.


29 de julio de 2026

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LOS INVISIBLES: Continuidades y rupturas socio-jurídicas en la Provincia Eliodoro Camacho del Departamento de La Paz (Del Incario al Estado Plurinacional) BORIS BERNAL MANSILLA





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RESEÑA DEL LIBRO


"LOS INVISIBLES: Continuidades y rupturas socio-jurídicas en la Provincia Eliodoro

Camacho (Del Incario al Estado Plurinacional)", escrito por Boris Bernal Mansilla (La Paz,

2026), es un estudio socio-jurídico y etnohistórico profundo que analiza la transformación

estructural del territorio andino, centrándose en la Provincia Eliodoro Camacho del

Departamento de La Paz (con énfasis en los municipios de Mocomoco, Humanata, Puerto Acosta

e Italaque).


La obra se divide en dos ejes temporales y temáticos fundamentales:


La Etnohistoria y el Legado Colonial: Examina el tránsito histórico desde los mitimaes

(mitmaqkuna) o colonos distribuidos por el Estado incaico para el control vertical de pisos

ecológicos, hasta su mutación jurídica en las categorías virreinales de originarios y forasteros

tras las reformas del Virrey Francisco de Toledo en el siglo XVI. El autor demuestra cómo la

antigua Nación Huarcas resistió el desmantelamiento de sus archipiélagos ecológicos mediante

pleitos ante la Real Audiencia de Charcas, legando una territorialidad discontinua y un

dualismo organizativo que subsiste en los pueblos originarios contemporáneos.


Las Contradicciones del Estado Plurinacional (2010-2026): En su segunda parte, el libro

investiga la profunda brecha entre la utopía constitucional —fundada en el Suma Qamaña (Vivir

Bien) y el pluralismo jurídico— y la cruda realidad extractivista y corporativa del mundo rural.

A través de cinco campos de investigación, Bernal Mansilla devela cómo las instituciones

comunitarias (como el Ayni) han sido cooptadas hacia un corporativismo extractivo que ampara

privilegios fiscales en la minería aurífera, ecocidios transfronterizos en la cuenca del Río

Suches, distorsiones agrarias sobre la función social, conflictos por patrimonialización

fragmentada (como los Sikuris de Italaque) y graves casos de violencia política de género y

patriarcado rural en Mocomoco.


En suma, el texto propone una lectura crítica sobre el "neomonismo encubierto" del Estado

central, demostrando que la identidad originaria actual no proviene del aislamiento, sino de

una compleja red histórica de movilidad, resistencia y adaptación.