18 de abril de 2012

La efigie del Señor del Gran Poder

Por: Javier Medina

Marcelo Arduz Ruiz ha publicado un libro con la efigie que encabeza este texto. Me voy a limitar a leer solamente la carátula de su libro. Para un Marrano indiano este cuadro es una oportunidad para hacer visible la forma mental con la que los cristianos nuevos: los conversos: los judaizantes: los marranos, han hecho dialogar al monoteísmo semita con el animismo amerindio, de un modo críptico, cierto, pero como correspondía a la época.

Voy a distinguir solamente dos planos; eso sí centrales: la cabeza de tres rostros y el triángulo sefirótico, holograma del kabalista Árbol de la Vida: la parte contiene y representa al todo. Simbólicamente, este cuadro no es católico (de ahí, su interdicción) ni pagano (los animistas se expresan más bien kinético-ritualmente). Es Marrano: multívoco, críptico, pero clarísimo para quien posee el código de desciframiento.

Antes: la numerología no es patrimonio de ninguna cultura; tiene que ver con programación neurolingüística. Todo el mundo puede pensar el uno, la paridad, la ternariedad, la cuaternidad…obviamente, dando preferencia a la geometría sagrada que mejor exprese su intuición fundamental. El monoteísmo, por ejemplo, preferirá los triángulos porque expresan bien su opción por la focalización en el láser del Uno: el vértice hierofánico de la base. El animismo amerindio, como se sabe, prefiere el cuadrado porque le permite visualizar mejor su idea de complementariedad de opuestos: correspondencia (arriba/abajo) y reciprocidad (derecha/izquierda). Esta idea de complementariedad de opuestos, a su vez, no es extraña tampoco al judaísmo que la expresa exotéricamente, por ejemplo, en los dos triángulos que se entrecruzan en la Estrella de David y, esotéricamente, justamente en el diagrama sefirótico. En este mismo lienzo, la idea del cuatro, que enmarca, está dada por los cuatro evangelistas (hebreos que libro y pluma en mano recalcan su especificidad) que amojonan el perímetro del cuadro, como los q´epis las esquinas del ayllu. Es un guiño amistoso a la cuatripartición andina. En fin, que los hombres desde su estructura neuronal, pueden pensar lo que necesiten, más allá de difusionismos y evolucionismos. Lo mental no tiene que ver con la diacronía; es sincrónica.

Acerca del rostro. El código marrano se encuentra en el Sefer ha Zohar, el Libro del Esplendor, editado por Moisés de León, en 1280, e impreso en 1558. Citaré los pasajes más evidentes. “Al increado nadie puede llamarlo tú, porque es el espíritu de la cabeza blanca, en quien se unen las tres cabezas. Del fuego sutil en un lado de la cabeza blanca y del aire sutil del otro lado emanó Shekináh, su velo. El Anciano de los Ancianos es el misterio de los misterios” (III, 290). Como se sabe, la ortodoxia judía es creacionista; la heterodoxia kabalista es emanacionista, para decirlo rápidamente. Los dos, antagónicos como son, se complementan en una comprensión más compleja del misterio de la Vida. El fuego y aire sutiles (cuyas traducciones aymaras nos enseña Baltazar de Salas: Copacabana de los Incas, J. Viscarra, que Eduardo Machicado reeditará pronto) se refiere a los Elementales. Shekinah es el nombre esotérico de Aqueráh, digamos: el rostro femenino de la divinidad: la otra polaridad que ha acompañado a los Marranos en su diáspora de diásporas. Otro texto: “El Anciano, cuyo nombre sea bendito, tiene tres cabezas pero las tres son una sola” (III, 288). Aquí la Kabaláh trata de pensar el Uno monoteísta de manera no monoteísta. Otra cita: “La primera cabeza simboliza la sabiduría oculta y en ella se esconde el Anciano en impenetrable misterio. Es una cabeza que no es cabeza, pues nadie puede saber lo que esta cabeza encierra. No hay mente capaz de abarcar esta sabiduría. El Señor Santísimo está rodeado por las tres cabezas. Es la eterna luz de sabiduría y la sabiduría es el manantial de toda manifestación. Las tres cabezas se incluyen en la cabeza que no es la cabeza y las tres cobijan la Faz pequeña de modo que ilumina con su luz todas las cosas” (IV, 69). Baste, de momento. Voy a citar, ahora, a un cronista sefardí, Gabriel de León, 1660, que nombra Arduz, para mostrar cómo este trasfondo kabalista opera en los Marranos en su intento de pensar el animismo. Dice en relación al ídolo de Copacabana, que también se le representaba en “forma de tres estatuas o una con tres rostros tan parecidos que en el uno adoraban los tres y en las tres figuras reverenciaban un supremo Dios, creyendo aquellos bárbaros que en uno eran tres y en tres uno. Los nombres con que en su lengua les nombraban, en la castellana corresponden a una estatua llamaban “Padre y Señor Sol”, a la otra “Hijo del Sol” y al a tercera “Hermano del Sol”. Sin duda de la predicación del apóstol Santo Thomé les quedó alguna noticia confusa del misterio”. En el trasfondo el mitema marrano: los indios son una de las tribus perdidas y el otro mitema: Thomé se transfigura en Thunupa. Los Marranos terminan enredando las cosas (no podían ser explícitos por la Inquisición) en su intento por aproximar lo que la ortodoxia no sólo separaba sino que incluso buscaba “extirpar”. Bien; este es un flash.

Otro flash. Voy a mostrar otro texto kabalista que hace de puente, de interfase, con el diagrama más abstracto formal de los sefirots, con el que voy a concluir esta notícula. El tratado Idra Rabba, del Zohar, nos da más luz acerca de qué hay dentro de la cabeza. Dice: “En el interior del craneo, el cerebro se divide en tres partes y cada una de ellas ocupa un lugar distinto. Además está cubierto por un velo tenue, luego por otro velo más duro. Mediante treinta y dos canales, estas tres partes del cerebro se extienden por todo el cuerpo dirigiéndose hacia los lados: esa así como rodean el cuerpo en todos los puntos y se extienden por todas sus partes” (III, 187). Vemos, pues, que está describiendo el cerebro humano tal como lo conocen ahora las ciencias neuronales: el córtex, mesencéfalo y cerebelo y, además, los treinta y dos pares de nervios raquídeos. Rafael Alvisa, La Kabalah, grafica así este pasaje:

El primer gráfico muestra el cerebro visto como un todo (Kether) y dividido en dos hemisferios (Chokmah y Binah). Aquí están ya los tres vértices del triángulo, como enseguida veremos. El segundo gráfico muestra las tres partes que lo constituyen: cortex, mesencéfalo y cerebelo (duplicados) con dos órganos centrales reguladores y moduladores: la glándula superior, epífisis, y la glándula inferior, hipófisis. Fuera del cráneo y ocupando e inervando el cuerpo; la médula espinal con sus 32 nervios raquídeos. Como se sabe, ésta es metáfora de Adam Kadmon, el Hombre (varón/mujer) total de la Kabalah. El lienzo vuelve a recalcar, en otro registro, esta triada cortical con la tiara pontificia (pontifex = chakana) que se encuentra al centro y en la base del cuadro. Significativamente, todas las tradiciones místicas de Oriente y Occidente, del Norte y el Sur, hacen referencia al sistema nervioso y ponen el acento en las cavidades interiores del encéfalo o ventrículos cerebrales, a los cuales se les adscriben funciones psíquicas como el pensamiento, la percepción, la memoria e, incluso, la telepatía y la clarividencia. La psiconeurología contemporánea lo vuelve a encontrar con otras tecnologías. A los interesados remitiré a la obra clásica de Alexander Luria, The working Brain. Daré un salto atrás, para seguir adelante, a otro texto kabalístico, el Sefer Dtzniovtha, el Libro Oculto: “La cabeza está llena de rocío. Contiene tres cavidades. Dos líneas negras como un cuervo, forman arco por encima de aberturas profundas dispuestas a la derecha y a la izquierda de la cabeza. Un sendero estrecho separa por arriba estas dos líneas”. La teoría tricerebrar, compuesta por los aportes de Luria, Paul McLean, Mauro Torres, Wilson Savito, se podría condensar en el siguiente cuadro que nos hará más inteligible el diagrama trifásico kabalista, como enseguida veremos.

Tercer flash. Así, pues, esta triada cortical, expresada, figurativamente, en las tres cabezas que son Una, en la Kabalah se denomina, como ya dijimos, Arik Anphin, la Faz o Rostro Grande, mientras que las sefirot posteriores se conocen como Zeir Anphin es decir la Faz o Rostro Pequeño. Pero la triple conjunción Kether-Chokmah-Bináh cierra su acción con la aparición del cuarto miembro para hacer la cuaternidad manifestadora: Doth, la “Sefirá que no es Sefira”, la “Sefirá oculta”, la encarnación dinámica de Adam Qadmon. “El Primogénito de Dios, el Santo Velo, la Luz de luces, envía la revolución del Delegado, porque es la Primera Potestad” Idra Rabba.

Cuarto flash. El Árbol sefirótico no es otra cosa que un diagrama de flujos relacionales y de agrupaciones al modo de la teoría de conjuntos. Está compuesto por tres columnas: la de la derecha la encabeza Binah, la energía Warmi; la de la izquierda es encabezada por Chokmah, la energía Chacha; y la columna del centro que es el Taypi del Tinku de ambas energías y que se llama Kether. A continuación el Árbol, sacado del Pardes Rimonim.

Voy a condensar en dos cuadros el sentido de ambas columnas, que pido comparar con los cerebros izquierdo y derecho.

Chokmah

Binah

Movimiento

Aire

Gran Aliento Universal

El engendrador

El Gran Padre

Masculino

Activo-Pasivo

Induce y no opera

Sustancia

Agua

Las Aguas Primordiales

La Generadora

La Gran Madre

Femenino

Pasivo-Activo

Es inducida y Opera

Así, pues, la Unidad kabalista es Yanantin: Chokmah-Binah. Es la bipolaridad de los campos electromagnéticos, o la polaridad de las cargas invertidas, o la de la relación materia-antimateria. El encuentro, Tinku, de ambas energías antagónicas en el Taypi de la columna del medio produce la realidad, al modo como emerge la Luz del encuentro del polo positivo y el polo negativo. La ortodoxia monoteísta colige la Objetividad de este encuentro; la heterodoxia kabalista colige un Efecto Cuántico que, desvanecido el encuentro de contrarios, desaparece en la virtualidad del Vacío Cuántico. Los dos son ciertos; digamos, más bien, son útiles para pensar complejamente y suscitar sentido.

Ahora bien, Marcelo Arduz en su mapeo de la constelación trifásica de las hierofanías del Poder se refiere a una serie de manifestaciones que expresan tanto la paridad como la trinidad: el efecto del encuentro de los opuestos. Tangatanga; el ídolo de Copacabana; Thunupa: el agua, el fuego, el rayo; Illapa: Chuquilla, Catuilla, Intillapa; Wiracocha: fuego-agua; las estelas de Titimani y Chigani; la Cruz de Carabuco; este mismo principio en la pintura colonial marrana de los Andes, etcétera, pero todavía de un modo desordenado. Arduz se percata de lo que llama la “cábala mística”. No puede no verla: es alevosamente central. Pero no la utiliza para organizar la data recogida. Ahora bien, esta “cábala mística” es, justamente, el mapa mental que permitió intentar pensar a los Marranos el Monoteísmo y el Animismo como opuestos complementarios y cuya cifra encierra, justamente, el “verdadero” retrato del Señor del Gran Poder: ahí nos volvemos a encontrar todos, otra vez: monoteístas y animistas. Sería sabio que nuestra nueva Constitución siguiese este mapa mental, en el que Occidente y la Indianidad coinciden; el único que puede complementar a las dos Bolivias, en pié de igualdad y diferencia, a la vez; como opuestos complementarios, justamente.