8 de julio de 2013

EL DIABLO MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL


Por: Freddy Zárate
El mundo nos presenta sus maravillas y misterios, sus placeres y tormentos, sus esperanzas y desengaños, sus virtudes y vicios, sus grandezas y miserias, sus mitos y convenciones, en fin, esa constante y continua mescolanza dualista que los seres humanos perciben en sus vidas cotidianas. Según la Sagrada Biblia el Diablo es un ser soberbio, con poderes malignos que es adversario y rebelde ante Dios. Corrompe a los seres humanos en este mundo terrenal. Al respecto el escritor Manuel Suárez en su estudio Nación y teología política (1999), en el capítulo El logos satánico precisa: “El demonio cristiano representa la pura pretensión del poder de Dios. Surge como un ser que, de manera ilegitima, por goce, egoísmo, vanidad, en suma, por “maldad”, intenta hacerse con el poder del orden eterno, busca tener a su alcance un poder ilimitado”. Está visión judeocristiana de occidente es puesta en entredicho por ciertos segmentos de la población boliviana que conciben creencias y supersticiones muy peculiares acerca de este ser maligno.

El filósofo Guillermo Francovich (1901-1990), en su ensayo titulado Supay (1935) anota: “Antes de la conquista española los indios adoraban a la Tierra sustentadora de los humildes. Al Sol estaban consagradas las grandes festividades públicas. Al lado de estas dos divinidades que lo dominaban todo con su magnificencia, los indios rendían un culto temeroso a otra divinidad que era la encarnación de los maleficios que perseguían a los hombres: las enfermedades, la muerte, las tormentas, las sequias que eran dominio de ese pequeño dios solitario y destructor que se llama Supay”. Siguiendo a Francovich, tras la ocupación española no sólo acaeció un choque cultural y étnico con lo ajeno, sino también hubo un encuentro entre deidades del Mal: “Supay vio que en la lejanía oscura avanzaba un ejército compuesto de hombres vestidos de metal, montados en desconocidos cuadrúpedos […]. Después sintió como un monstruo alado apresuraba su vuelo y se dirigía velozmente hacia él. Un terror que hasta entonces nunca había sentido se apodero de Supay e instante después el monstruo preguntó:¿Quién eres? –Supay contestó con otra pregunta ¿Y tú quien eres? –El ser maligno respondió: Soy Satanás […]. El príncipe del mal miraba con una amplia sonrisa al ingenuo dios indígena que apenas comprendía lo que le iba diciendo. Finalmente Satanás preguntó: ¿Quieres venir conmigo? He de enseñarte muchas cosas. –El pequeño dios indígena respondió: No. Déjame solo, yo me iré con los míos. Y huyó para esconderse entre las quebradas […]. Supay vio como Satanás torturaba a todos y cómo los extraños hombres esclavizaban y martirizaban a los hijos del Sol y la Tierra. Entonces Supay, el dios del sufrimiento sintió una infinita piedad […]. Ahora él es quien cuida de los animales cuando están en peligro. Es él quien libra a los indios de las enfermedades, les enjuga las lágrimas y los cuida”. El estudioso Manuel Rigoberto Paredes (1870-1950) en su estudio sobre Mitos, supersticiones y supervivencias populares en Bolivia (1920) indica: “El Supaya fue creciendo en su imaginación y ocupando el lugar de sus antiguas divinidades. De ahí que el indio le tema, pero no le repulse, y cuantas veces puede invocar sus favores lo haga sin escrúpulo. Buscan a los Chamacanis, porque supone que están éstos en relación con aquél y les pagan cualquier cosa para que el Supaya les haga propicios sus deseos”. Estas supersticiones o leyendas pueden tal vez explicar la pervivencia de este credo en ciertos segmentos de la población boliviana que hasta el día de hoy conciben al Diablo como una deidad del bien y del mal.

Las creencias que se tiene del Diablo varían según su ubicación geográfica para designar a este personaje “infernal”. Por ejemplo: en las zonas mineras desde la colonia española hasta nuestros días (La Paz, Oruro, Potosí) se conoce al Diablo con el denominativo de “Tío”, que tiene las siguientes características según sus creyentes: a) El “Tío” vive en el interior de las minas; 2) es dueño de los minerales y el único que concede los preciados metales; 3) cuando quiere ser bondadoso con alguien le hace aparecer vetas y a otros se complace en ocultarlas; 4) a veces vende su riqueza a cambio de un alma. En cada socavón hay un altar erigido al “Tío” donde los mineros ofrendan alcohol, cigarrillos, coca, etc., para obtener el apetecido mineral. A principios del siglo XXI hay un ejemplo muy curioso que está ubicado en la autopista Héroes de la Guerra del Chaco (La Paz-El Alto), donde existe un pequeño altar nombrado por sus seguidores “La curva del Diablo”. Sus creyentes rinden culto echando alcohol, cerveza, coca, mixtura, flores, velas, etc., pidiendo favores de diversa índole como salud, dinero, empleo, prosperidad, “justicia”, así también suplican desgracias, maldiciones a sus enemigos, como también invocan protección los delincuentes para no ser “atrapados” por la institución policial. Otro ejemplo que se puede señalar es la danza del Diablo. Está representada en la Diablada. Uno de los aspectos más interesantes de este baile es la ornamentación o disfraz de este ser maligno. Nadie se aterroriza ni se rasga las vestiduras al ver esta representación malévola en esta danza, sino sucede todo lo contrario. El Diablo, el terrible personaje de la teología cristiana es percibido de forma positiva en la mentalidad colectiva folklórica de los bailarines y sus espectadores. Los ejemplos mencionados nos reflejan que los fervorosos creyentes saben que el mundo está regido por dos poderosos. Por Dios y por el Demonio, pero ellos pactan un compromiso con el Diablo donde ya no es cierto que el mal sólo produzca el mal y el bien sólo produzca el bien, sino frecuentemente creen que el Diablo puede dar ambas cosas a la vez.

El aspecto “maléfico” sirvió de inspiración en infinidad de obras literarias de diversos géneros. Por ejemplo se puede mencionar La divina comedia de Dante Aliguieri, el Fausto de Johann Wolfgang von Goethe, el poema de José de Espronceda El Diablo mundo, o El Anticristo de Friedrich Nietzsche, entre muchos otros. La recepción académica acerca del Diablo también llegó a inspirar a muchos escritores bolivianos, por ejemplo al Chueco Augusto Céspedes (1903-1997), en Metal del Diablo(1946) donde el principal protagonista de la novela es Zenón Omonte (Simón I. Patiño) que debía de entregar su alma al Diablo por los muchos favores recibidos en vida. En el epílogo de la novela Céspedes al estilo dantesco nos describe el infierno andino: “Zenón Omonte una vez enterrado en su envoltura faraónica emanaron de la bóveda de la cripta como en un parto múltiple numerosas formas de muñecos formados de escorias chispeantes amasadas con lana negra, que tenían pupilas de estaño del 99.99 por ciento: los duendes, los “tíos” de las minas que venían también a rendir su homenaje a Omonte. Abrieron la caja, cortaron fácilmente la cápsula metálica y levantaron a Omonte, obligándolo a pasar más adentro, más adentro […]. En la cripta se abrió una galería llena de vapores sulfurosos y una temperatura de 2.000 grados centígrados que no parecía molestar a un enorme danzarín de la Diablada, con su gran máscara de dientes de caimán, sus cuernos entrelazados con serpientes verdes, ojos de vidrio con pupilas de metal y una corta capa bordada de perlas, zafiros, huayrurus y espejitos”. La novela del escritor Fernando Ramírez (1913-1948) titulado Socavones de angustia (1947) nos describe la estrecha y armoniosa relación existente hasta el día de hoy entre los mineros y el Tío: “Los largos coloquios de las noches, sobre todo los viernes, cuando acullicaban hasta la media noche, de acuerdo con una antigua superstición de los mineros que en esa forma halagan alTío, el demonio familiar de las minas”. El escritor y diplomático Adolfo Costa du Rels (1887-1980) enEl embrujo del oro (1948) nos indica: “Supay colque (plata del Diablo) es la mejor plata del mundo, metal de altísima ley; pura, sin escorias, pero pertenece al Diablo”. La amplia literatura y las múltiples creencias nos reflejan que hay temor al Diablo, pero no rechazo. Estas peculiares creencias cambian el paradigma del Mal con mayúscula y cabe preguntarse con un espíritu crítico: ¿Por qué a principios del siglo XXI ciertos sectores de la población boliviana continúan creyendo en mitos premodernos?

Las respuestas son de diversa índole. Siguiendo el ensayo de Guillermo Francovich titulado Los ídolos de Bacon (1938) donde menciona: “La teoría baconiana hacía ver que los hombres no son naturalmente racionalistas, que por el contrario son originalmente románticos, poéticos, mágicos, que tienden a dar a la realidad atributos misteriosos, fantásticos y que no sólo lo visible sino también lo invisible es animado y vivificado por ellos”. Francovich resalta que el propio Bacon se daba cuenta de que los ídolos no eran productos de circunstancias deficitarias, sino que veía en ellos manifestaciones de “predisposición permanente” a la tradición arraigada por los seres humanos.

Matizando la idea de Francovich y de otros pensadores, se puede señalar que los mitos y las supersticiones, son producto de diversos factores. Entre ellos se puede mencionar: a) El desencanto con la religión del Bien que no suple las necesidades de sus vidas cotidianas y es más, las religiones sentencian a sus creyentes a vivir una vida humilde y soportar todos los avatares en vida, ya que el Reino de los cielos será para ellos, pero no todos tienen esa paciencia para esperar esa anhelada promesa; b) la desilusión con lo público (las concepciones que se acuñaron sobre la estatalidad: Estado minero-feudal, el Estado del 52, o el actual Estado Plurinacional), a pesar de los procesos imitativos de modernización en el campo institucional, económico, político y educativo, el Estado no pudo, ni puede cubrir las necesidades de la población mayoritariamente marginal. Las necesidades básicas como ser: salud, empleo, administración de justicia, educación, son falencias estatales que tratan de ser cubiertas a través de mitos y supersticiones premodernas; c) la humanidad es por naturaleza curiosa y temerosa a lo prohibido. A pesar de ser “racional” hay una predisposición permanente al miedo y a lo ilícito; d) el ser humano a pesar de ser “libre” tiene miedo a esa libertad plena. Por eso perviven hasta el día de hoy los mitos, las tradiciones, y supersticiones del bien o del mal. Nadie puede negar, como tampoco nadie puede confirmar si el Diablo o Dios existen. Al no tener exactitud se abren espacios de credulidad. La población boliviana arrastra convencionalismos, costumbres de diversa índole que son reflejados a través de sus miedos, temores, ritos y anhelos que son reinterpretaciones acomodadas a sus vidas cotidianas. Esta “racionalización” del mal es mucho más flexible que las religiones cristianas ortodoxas de toda laya. Por ejemplo no hay una Biblia del Mal; no hay códigos ni leyes del Mal que tengan que ser cumplidas al pie de la letra; el creer en mitos y supersticiones abre espacios a la imaginación de sus creyentes que es mucho más laxa y flexible (por ejemplo: el beber, el embriagarse, el hacer sacrificios de animales o personas no está prohibido, sino todo lo contrario es parte de los halagos al Diablo). Además, se puede pedir al Diablo simultáneamente el bien como el mal. Como diría Nietzsche: “Humano, demasiado humano”.

Guillermo Francovich en su ensayo Los papeles de José Ramón (1949) indica: “El mal no existe en la naturaleza. Se equivocan quienes piensan que la naturaleza es diabólica. Las enfermedades, las pestes, la muerte, etc., no son sino limitaciones que ahondan la vida del ser humano […]. La maldad sólo existe en el hombre. Sólo el hombre puede infligir el sufrimiento por el sufrimiento mismo, con o sin pretextos […]. El mal no aparece por casualidad, debido a la indiferencia o la ignorancia. El mal implica una voluntad que lo desea […]. El mal no sólo es real y presente sino atrayente y seductor al ser humano”. Los mitos y las creencias son inherentes en mayor o menor grado a los seres humanos, independientemente su grado cultural, económico y étnico, como también son congénitos nuestros prejuicios y preferencias. Ya sea que fuese una impostura o una verdad subjetiva cabria preguntarse:¿Será que el Diablo (el Supay o el Tío) manipula a los hombres, o será que los hombres son quienes manipulan al Diablo? O tal vez la visión escéptica del escritor Belisario Díaz Romero (1870-1940), que afirmó en 1921: “Alguien ha dicho que el primer sacerdote (del Bien o del Mal) fue el primer impostor que encontró un bobo a quien embaucar. Está afirmación puede pareceros muy dura, más hay que confesar que es sinceramente verdadera”.