Por: Boris Bernal Mansilla
La transición del orden prehispánico al sistema virreinal en los Andes centrales representó una de las transformaciones sociopolíticas y demográficas más profundas de la historia continental. No se trató únicamente de un cambio de soberanías políticas, sino de una redefinición completa de la relación de las comunidades con el espacio, los recursos y las estructuras de parentesco. En el núcleo de esta metamorfosis yace el destino de los mitimaes (mitmaqkuna), colonos que el Estado incaico había redistribuido estratégicamente a lo largo de su territorio, y su subsiguiente mutación en la categoría tributaria de originarios bajo el régimen virreinal español. A través del examen de las reformas del Virrey Francisco de Toledo (1570-1580), se evidencia cómo el modelo prehispánico de control ecológico vertical fue desarticulado y reconfigurado para consolidar el régimen de reducciones, la fijación territorial y el sistema de mita minera, procesos en los que la justicia virreinal y la resistencia cacical jugaron un papel determinante en la defensa y reinvención de estas adscripciones territoriales.
En el Imperio Incaico, la movilidad poblacional no respondía al libre albedrío individual, sino a una sofisticada planificación estatal. Los mitimaes constituían grupos humanos trasladados desde sus lugares de origen hacia regiones específicas para cumplir funciones económicas, políticas, militares y religiosas. Como señaló John Murra en su teoría del control vertical de pisos ecológicos, las sociedades andinas prehispánicas buscaban maximizar el acceso a recursos situados en nichos ecológicos dispersos, como tierras altas, valles templados y yungas cálidos. El Inca capturó y magnificó este patrón organizativo. Los mitimaes podían clasificarse fundamentalmente en tres categorías de acuerdo con la necesidad geopolítica del Cusco: los mitimaes productivos, trasladados para cultivar maíz en valles templados como Cochabamba o coca en los yungas de Larecaja y Sapaqui, o bien para la explotación de recursos minerales y forestales; los mitimaes militares, organizados en guarniciones armadas apostadas en las fronteras calientes del imperio, particularmente en el piedemonte oriental y el chaco, para contener el avance de grupos independientes como los chiriguanos y lecos; y los mitimaes político-culturales, constituidos por poblaciones de fidelidad probada reubicadas en provincias recientemente conquistadas e inestables, operando como agentes de quechuización, adoctrinamiento y desactivación de revueltas locales. Bajo la égida incaica, el mitimae mantenía un cordón umbilical indisoluble con su ayllu originario. A pesar de residir a cientos de kilómetros de su núcleo altiplánico, seguía sujeto a la autoridad de su curaca o jefe étnico originario, conservando plenos derechos sobre las tierras de su lugar de nacimiento y preservando sus trajes tradicionales como marca inequívoca de su adscripción étnica.
La invasión española y el colapso del aparato estatal incaico dejaron a miles de colonos mitimaes descolgados en territorios ajenos, a menudo en disputa directa con las etnias locales que reclamaban la devolución de sus tierras ancestrales confiscadas por el Inca. Sin embargo, la fractura estructural definitiva del sistema de archipiélago andino se produjo con las reformas del Virrey Francisco de Toledo en la década de 1570. Toledo ejecutó una política de sedentarización y homogeneización administrativa sin precedentes mediante las reducciones de indios. Este proceso implicó concentrar a las poblaciones dispersas en pueblos de trazado español, con el fin de facilitar la evangelización, el cobro del tributo y el reclutamiento de mano de obra para la mina de plata de Potosí. Las reducciones destruyeron la complementariedad espacial. Al fijar a los indígenas a una única parroquia o pueblo, el Estado español pretendió cortar las redes de doble residencia que unían los valles templados como Italaque, Mocomoco o Cochabamba con los señoríos altiplánicos como Pacajes, Carangas y Lupacas. Los antiguos mitimaes perdieron progresivamente su estatus de colonos étnicos para ser asimilados bajo la lógica de la territorialización virreinal.
Para sistematizar la exacción fiscal y la mita, el orden jurídico virreinal clasificó a la población indígena basándose en su arraigo territorial andino y su derecho de acceso a la tierra. Es en esta coyuntura donde emerge la distinción entre las categorías de originarios y forasteros. Por un lado, los originarios poseían tierras comunales de reparto dentro del ayllu del pueblo de reducción, estaban sujetos a la tasa tributaria completa más alta, tenían la obligación estricta de cumplir con el servicio anual de la mita en Potosí y constituían los pobladores adscritos al núcleo territorial histórico o reducidos en él. Por otro lado, los forasteros carecían de derecho formal a tierras comunales, trabajando como arrendatarios; pagaban una tasa tributaria reducida, generalmente de un tercio; se encontraban exentos de la mita de Potosí en las primeras décadas de la administración virreinal; y comprendían a migrantes instalados en valles o yungas, incluyendo antiguos mitimaes desvinculados de su puna. El tránsito de mitimae a originario o forastero dependió en gran medida del resultado de los pleitos de tierras. Aquellos mitimaes que lograron consolidar la propiedad agraria en los valles donde residían terminaron siendo inscritos en las tasas como originarios con tierras en el nuevo pueblo de reducción, asumiendo los costos tributarios y de mita correspondientes. Por el contrario, los que perdieron el control agrario o migraron para escapar de la mita de sus provincias originarias pasaron a engrosar las filas de los forasteros, una categoría de alta movilidad geográfica que Thierry Saignes estudió extensamente como estrategia de resistencia pasiva.
Como demostró Saignes en sus estudios sobre la provincia de Larecaja y el norte paceño, las comunidades andinas no aceptaron pasivamente el desmantelamiento de sus archipiélagos ecológicos. Los caciques andinos se convirtieron en hábiles litigantes ante la Real Audiencia de Charcas, articulando memorias orales y documentos antiguos para defender el acceso a valles interandinos como Italaque. Los pleitos de tierras en Charcas demuestran que, bajo la aparente rigidez de las categorías de origen y forastería impuestas por el fisco virreinal, los ayllus continuaron operando de forma clandestina mediante pactos de redistribución de tierras y el mantenimiento de dobles identidades fiscales. Los caciques de Italaque y Mocomoco, por ejemplo, lograban registrar a miembros de su comunidad en el altiplano y en los valles simultáneamente, jugando con las lagunas del censo virreinal para preservar el acceso al maíz y la coca sin duplicar las cargas impositivas. De este modo, la institución prehispánica del mitmaq subsistió metamorfoseada, camuflada bajo la figura jurídica del forastero o el colono con doble asentamiento.
El tránsito histórico de mitimaes a originarios virreinales en el territorio de Charcas no debe interpretarse como una simple sustitución de términos burocráticos, sino como el proceso medular que dio forma a la estructura comunitaria andina posterior. La configuración socio-territorial e identitaria de los pueblos originarios contemporáneos, particularmente aquellos asentados en las tierras altas del entramado andino, encuentra su génesis y raíz directa en la institución prehispánica de los mitimaes. La fisonomía del ayllu de las tierras altas, tradicionalmente percibida como un núcleo cerrado e inmutable, fue en realidad un producto dinámico de la ingeniería demográfica del Tahuantinsuyo. Al movilizar provincias enteras y redistribuir grupos étnicos, el Incario generó un entramado de relaciones interregionales que redefinió los linajes locales. Cuando la Corona española implementó las reducciones toledanas, la categoría de originario no se construyó sobre poblaciones estáticas en sus sitios ancestrales, sino que absorbió y fijó legalmente a densos contingentes de antiguos mitmaqkuna que ya habían transformado la demografía de la puna y sus valles adyacentes.
Esta herencia genética e institucional del mitimae en el mundo originario se manifiesta en tres dimensiones fundamentales. Primero, en la territorialidad discontinua, reflejada en la tenaz insistencia de las comunidades originarias de las tierras altas por mantener derechos de usufructo en valles distantes, como los casos de Larecaja o Cochabamba, lo cual no era una ocurrencia azarosa sino la defensa jurídica de los antiguos enclaves mitimaes. Segundo, en el dualismo organizativo, donde las tensiones e integraciones entre parcialidades como Anansaya y Urinsaya en los pueblos de las tierras altas expresan a menudo la superposición histórica entre las poblaciones locales y los mitimaes advenedizos que el Cusco incrustó en el tejido social. Tercero, en la resiliencia en la representación jurídica, manifestada en la notable destreza con la que los caciques e investigadores nativos del siglo XVII litigaron ante la Real Audiencia de Charcas, herencia directa de la sofisticada diplomacia que los mitimaes debían ejercer para mediar entre sus macroetnias de origen y el aparato estatal. En definitiva, el orden virreinal intentó encasillar, cuantificar y explotar la fuerza de trabajo andina mediante demarcaciones geográficas artificiales que denominó pueblos de originarios. No obstante, la savia que nutrió la persistencia de estas comunidades de las tierras altas fue la flexibilidad geográfica, la memoria colectiva del desarraigo planificado y la complementariedad de recursos heredada del mitimae. Desentrañar el origen mitmaq de los pueblos originarios nos permite comprender que su identidad actual no proviene del aislamiento ancestral, sino de una de las más complejas redes de movilidad, adaptación y resistencia de la historia americana.
Bibliografía de Referencia
• Murra, John V. (1975). Formaciones económicas y políticas del mundo andino. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.
• Saignes, Thierry (1984). "En busca de los de la puna y de los de los valles: las migraciones internas en los Andes meridionales (siglo XVII)". Revista de Historia Andina, 15, 53-84.
• Saignes, Thierry (1985). Los Andes orientales: Historia de un olvido. Cochabamba: CERES / IFEA.
• Toledo, Francisco de (1975 [1575]). Tasa de la Visita General de Francisco de Toledo. Introducción de Noble David Cook. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
• Wachtel, Nathan (1976). Los vencidos. Los indios del Perú frente a la conquista española (1530-1570). Madrid: Alianza Editorial.