22 de junio de 2011

Los misterios del Señor del Gran Poder

Para el hombre andino, Dios es una fuerza ordenadora y cuidadora del universo. Es el yus (aymara) o el apu taytayku (quechua) de su comunidad, que desde la filosofía andina genera un diálogo intercultural entre lo divino y religioso.

Esta concepción permite entender, por ejemplo, que la misión evangelizadora de los conquistadores —aún su tarea de extirpación de idolatrías— generó una especie de afinidad con las experiencias religiosas en el mundo andino. Algo así como una andinización del catolicismo o catolización de lo andino, dándose una inclusión tolerante de actos de fe, ritos y costumbres entre unos y otros.

En la tradición judeo-cristiana es más bien fundamental la omnipresencia de Dios en la vida del ser humano, cuya representación trina (Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo), está presente en creaciones artísticas de épocas y estilos diferentes.

Algunas fuentes temáticas son citas bíblicas, como la del libro del Génesis (c.18,1-15) cuando a Abraham se le aparecen tres ángeles de pie en Mambré, o las primeras representaciones bizantinas en el siglo V con tres rostros semejantes que materializan el carácter iconográfico, dándose variaciones desde el siglo XIV.

La existencia de material cerámico prehispánico con imágenes trinas, presentadas en la exposición Los misterios del Señor del Gran Poder — en el Museo Nacional de Arte el martes 8 de junio de 2010 —, son una plasmación de las premoniciones interpretadas por los evangelistas y expresadas por cronistas. Es el caso de vasijas cuya característica es un personaje de tres cabezas conocido como Tanga-Tanga.

En el caso de las representaciones prehispánicas trinas denominadas Pachamama y elaboradas en piedra caliza, se manifiesta la importancia del número tres como totalidad (cielo, tierra y mundo subterráneo), lo que desde el mundo andino se denomina el Alaxpacha, Acapacha y Manqhapacha.

Las composiciones pictóricas de la Trinidad fueron variadas en el barroco andino, existiendo representaciones en una sola persona trifacial —de fuentes grecorromanas y celtas—, otras representaciones con tres hombres idénticos y representaciones antropomorfas y zoomorfas.

De la primera categoría iconográfica no existen muchos ejemplares, sin embargo, La Santísima Trinidad del Museo Charcas es un claro ejemplo de esta singularidad trinitaria, que no sigue los cánones del Concilio de Trento (1545–1563) para la creación de imágenes, además de ser una obra intacta que ha mantenido su composición inicial. Los tres rostros del lienzo del Santuario Jesús del Gran Poder, descubierto con un equipo radiográfico en el Viceministerio de Culturas el 2004, es una evidencia de la existencia de grabados y libros herméticos como fuente de creación y composición para la representación de la Trinidad, tal como el antropólogo venezolano Emanuele Amodio, manifestó durante el III Encuentro Internacional sobre el Barroco, el año 2005.

Es de marcado significado la existencia de obras que por su hechura y factura son ejemplares casi únicos del carácter monotemático de la Trinidad. Tal es el caso del Retablito de la Santísima Trinidad, perteneciente a la colección de la Casa de la Moneda de Potosí, elaborado en óleo sobre madera, logrando una composición perfecta antropomórfica-zoomórfica.

De igual manera se distingue la diversidad temática con las coronaciones de las vírgenes en diferentes soportes y dimensiones, donde la Trinidad está representada por tres figuras idénticas sentadas, como manifestación de un único Dios, para evitar referencias del mundo animal que podrían interpretarse como expresión de cultos nativos, como es la obra de Gaspar Miguel de Berrío del Museo Nacional de Arte.

También se diferencia la sagrada paloma volando entre el Padre y el Hijo, pintados en la obra de Melchor Pérez Holguín, Coronación de la Virgen de la Merced. Otros temas y materiales poco comunes como el San José con la Trinidad y la Santa María Magdalena Patzzi con la Santísima Trinidad en madera y creaciones en piedra huamanga policromada, sobre la Coronación de la Virgen María y al Bautismo de Jesús y la Santísima Trinidad de colección privada.

ENCUENTROS. El sincretismo religioso y cultural puede interpretarse en escenificaciones de hechos y situaciones de la vida cotidiana a través del arte en el siglo XIX. Encontramos entre las composiciones del pintor y explorador boliviano Melchor María Mercado, a modo de ejemplo, una caricatura que escenifica a un personaje trifásico cuya cabellera termina en un “candelabro” (nominación que se daba a los hijos de los curas), además de la representación grotesca de un sacerdote y los siete pecados capitales, que muestra una especie de solapamiento entre lo sagrado y profano de los hechos de la vida que para los siglos XX y XXI son una plena realidad, al igual que otras manifestaciones de carácter cotidiano y festivo.

Es así que la fiesta del Señor Jesús del Gran Poder pone en escena encuentros, reencuentros y desencuentros sociales entre unos y otros, entre ricos y pobres, entre católicos y protestantes; en suma, entre el pasado y presente de nuestra historia. No es casual que desde tiempos prehispánicos la fiesta, en su función social, relaciona la producción con lo sagrado-profano de rituales y ceremonias, que enlazan ciclos agrícolas y ciclos cósmicos con el mundo religioso-católico.

Es posible visualizar esta festividad en la muestra a través de la selección de imágenes fotográficas de una vasta colección de Antonio Tony Suárez, que a lo largo de las últimas décadas ha captado el equilibrio de lo sagrado y profano a través del baile, rito y ceremonias atestiguadas en veneración al Dios único, Dios trino, el Señor del Gran Poder.